Tragicomedia de Chipirones y Microondas
Hace unos días tuve la ocurrencia y oportunidad de novelar un hecho real, y no me resisto a compartirlo con quienes no me pudieron leer. Está redactado desde el cariño y el aprecio sincero, eh, no nos enfademos. Y dije así:
Un amigo imaginario que compartió piso conmigo antes de abandonarme por otro, tuvo el placer de liar un pastel bastante interesante en la cocina. Y sí, fue con el microondas, ese fascinante electrodoméstico.
Aviso: NO LO HAGAN EN SUS CASAS.
Al grano. El muy subnormal no tenía nada mejor para cenar que una lata de chipirones en su tinta.
Era un muchacho joven, en su primera salida del nido y desconocía los oscuros secretos que encierra el microondas. Os lo podéis imaginar: metió la lata en su interior tal cual, sin siquiera poner un platito encima para taparlo.
Nunca sabré lo que pasó realmente, solo he podido reconstruirlo a partir de los destrozos y los balbuceos de mi amigo imaginario confundidos entre blasfemias de un calibre que hicieron mear sangre al Cristo que la casera, con todo el cariño del mundo, nos había dejado colgado en el pasillo.
Cuando entré, la cocina era la puta zona cero: Humo negro saliendo del microondas, líquido pringoso negro en las paredes, techo y suelo, el cristal de la ventana hecho añicos, mi amigo imaginario con el rostro y las manos salpicadas con humeante líquido pringoso negro.
No sé qué ocurrió primero, si el fuego dentro del microondas o la ebullición de los chipirones, pero sé que el muy mongolo, viendo el desaguisado que había montado, trató de sacar con sus manos la lata con los chipirones que no habían estallado. Evidentemente, la lata estaba caliente y los bichos seguían explotando pringando todo lo que se cruzaba en su camino, con tal fortuna que le alcanzaron en la cara; inmediatamente, como un resorte, arrojó la lata lejos de sus también quemadas manos. Nuevamente con la diosa fortuna de su lado, la lata, los chipirones y su tinta de los cojones atravesaron el cristal de la ventana de la cocina.
Balance final: reposición de microondas, pintado de techo y paredes de cocina, limpieza general de la misma y cristal de la ventana (no hubo daños a viandantes ni vehículos, por suerte).
Y además, se quedó sin cenar.
Un amigo imaginario que compartió piso conmigo antes de abandonarme por otro, tuvo el placer de liar un pastel bastante interesante en la cocina. Y sí, fue con el microondas, ese fascinante electrodoméstico.
Aviso: NO LO HAGAN EN SUS CASAS.
Al grano. El muy subnormal no tenía nada mejor para cenar que una lata de chipirones en su tinta.
Era un muchacho joven, en su primera salida del nido y desconocía los oscuros secretos que encierra el microondas. Os lo podéis imaginar: metió la lata en su interior tal cual, sin siquiera poner un platito encima para taparlo.
Nunca sabré lo que pasó realmente, solo he podido reconstruirlo a partir de los destrozos y los balbuceos de mi amigo imaginario confundidos entre blasfemias de un calibre que hicieron mear sangre al Cristo que la casera, con todo el cariño del mundo, nos había dejado colgado en el pasillo.
Cuando entré, la cocina era la puta zona cero: Humo negro saliendo del microondas, líquido pringoso negro en las paredes, techo y suelo, el cristal de la ventana hecho añicos, mi amigo imaginario con el rostro y las manos salpicadas con humeante líquido pringoso negro.
No sé qué ocurrió primero, si el fuego dentro del microondas o la ebullición de los chipirones, pero sé que el muy mongolo, viendo el desaguisado que había montado, trató de sacar con sus manos la lata con los chipirones que no habían estallado. Evidentemente, la lata estaba caliente y los bichos seguían explotando pringando todo lo que se cruzaba en su camino, con tal fortuna que le alcanzaron en la cara; inmediatamente, como un resorte, arrojó la lata lejos de sus también quemadas manos. Nuevamente con la diosa fortuna de su lado, la lata, los chipirones y su tinta de los cojones atravesaron el cristal de la ventana de la cocina.
Balance final: reposición de microondas, pintado de techo y paredes de cocina, limpieza general de la misma y cristal de la ventana (no hubo daños a viandantes ni vehículos, por suerte).
Y además, se quedó sin cenar.
