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Iron

Una de las veces que lo llevaba paseando, se me acercó un gitano y me dijo que qué vendía, y a cuánto. No entendí muy bien, así que le pedí amablemente que me repitiera la pregunta. "Que si tienes droga, joder". Era mediodía, por cierto. Y estaba sin afeitar. Puede que mi barba o mi perro le guiasen por la calle de los tópicos y que asumiera mi pertenencia al mundo del tráfico de estupefacientes. Con mucha educación le señalé que estaba en un error, y que se fuese a tomar por el culo porque no me gusta nada la gente que se guía por los prejuicios. Iron nos miró durante toda la conversación (que duró menos de un minuto), con gran interés y tranquilo, como siempre.

1999-2011


Jot Down



Una posible introducción escatológica al primer número de la revista Jot Down, una interesantísima publicación que acaba de salir y recomiendo fervientemente:


Personalmente, hasta donde me alcanza la memoria, siempre he comido. Desde pequeño he tenido la fascinante tendencia de llevarme alimentos a la boca. Nunca me planteé en serio lo de comer pero, a día de hoy, sigo haciéndolo. Y tres o más veces diarias. "Cada día estoy más convencido de que los genes juegan un papel muy importante en nuestro comportamiento. No obstante, mi vida como devorador incansable estuvo a punto de ser truncada porque mis padres acotaron mis impulsos con despotismo: dos lavados de estómago y una temporada estornudando pompas de jabón les sirvió como excusa para obligarme a abandonar una precoz carrera en la entonces desconocida cocina molecular que tan bien le va a Ferran Adrià. Después de unos años explorando estas técnicas innovadoras a escondidas, un día me aburrí y, acto seguido, comencé mi Etapa Blanca: no es que me hiciera del Real Madrid, sino que se me metió en la cabeza que todo lo que tenía que comer debía ser de color blanco. Es más, como "el arte ha de doler", decidí picar un poco de todas las obras de Santiago Calatrava. Como pueden imaginar, fue una época en la que pasé tardes enteras sentado en el trono, entonando mentalmente una canción de hielo y fuego (sobre todo, fuego), donde germinó mi pasión por la lectura. Sin ir más lejos, la ingesta de un metro cúbico de hormigón de una de Sus obras me permitió leer todo el catálogo de la Editorial Valdemar. En otra ocasión, durante un rato muerto al acabar Scott Pilgrim contra el mundo, en un nuevo arranque de genialidad, decidí poner a prueba las leyes de la termodinámica y convertirme en una obra de arte de movimiento perpetuo: comería un libro mientras defecaba el ingerido anteriormente a la vez que leería un tercero que, además, al estar apoyado sobre mi regazo, se integraría en el conjunto como una suerte de body sushi intelectual. El resultado no fue el esperado porque el Manifiesto Comunista se me hizo una bola en el estómago y barba fue lo único que me salió del cuerpo durante las muchas horas que estuve en aquel excusado. Julio Anguita tiene razón en lo referente a que el comunismo no ha muerto; lo sabré yo: sigo sufriendo acidez regularmente. Escarmentado, ahora solo me llevo el iPad al servicio, lugar en el que estoy rompiendo la cuarta pared leyendo mis propios pensamientos.


El Chino

El otro día fui muy tarde a la cancha. Me había entretenido por la tarde, y las mismas razones que me habían hecho retrasarme, me ocupaban los pensamientos. Profundos pensamientos.

Que yo también tengo de eso, eh.

En estas circunstancias, siempre me gusta estar solo. Pero siempre hay alguien dispuesto a joder la marrana. Tan concentrado como suelo en mis series de tiro y movimientos repetitivos y repetidos hasta la saciedad, no percaté en la presencia de un espectador a mi espalda. También puede ser que el espectador, de rasgos asiáticos, tenga nociones de las artes oscuras de los ninjas. El caso es que ante su petición formal para compartir cancha (y sobre todo, balón), me desarmé con esa mirada de ojos rasgados y sonrisa sumisa. Eso sí, no quise jugar un 1 on 1, por si las moscas (véase El Lituano).

La rutina era un lanzamiento él, un lanzamiento yo. Pero, como ya he dicho, estaba dando vueltas en mi cabeza demasiadas cosas. Tanto que, me despisté y no me di cuenta de que era mi turno. El chino, tan disciplinado como se les supone, diligentemente me pasó el balón para que yo lanzase. Y yo, que estaba en otro lado, solo pude recepcionar su pase picado con mi pubis. Lo típico que te falta el aire y piensas: "por poco". Y: "puto chino". Pidió disculpas reiteradas con inclinaciones de cabeza y seguimos lanzando, aunque después del incidente, solo me pasaba cuando yo asentía, como los recogepelotas de los Master Series.

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El lunes volvió a aparecer el chino. Yo suelo hacer el mongo intentando repetir los highlights de la semana, pero a cámara lenta y con grandes dosis de vergüenza ajena. De todos los años que llevo poniéndome en ridículo así, al final sí que metes alguna de esas imposibles, e incluso, hay tiros de fantasía que los tengo mecanizados. Uno de ellos, es lanzar a canasta a una mano, por detrás de la espalda, como se lanzó Rudy el balón contra la tabla en el Slam Dunk del año pasado. Así, medio despistado lancé una de las veces, y la colé limpia. Desde el triple. El chino rompió a aplaudirme, y a partir de ese momento su única ilusión en la vida fue intentar meterla de esa forma.

Pero lo hacía muy mal. Ya de por sí es difícil, porque exige mucha coordinación y cierta longitud de brazo, pero es que además, hay que tener fuerza. Y el chino, aparentemente, no va muy bien de eso. Así que, con toda mi buena intención, le dije: "fuerte, más fuerte". Entusiasmado, me hizo caso: haciendo acopio de todas sus fuerzas, flexionó las piernas, alargó el brazo y comenzó el movimiento en plan látigo...

...latigazo fue la hostia que se pegó en la nuca a sí mismo, con el balón. Uno de esos balonazos que aturden. Y entre la conmoción y la grandeza de la conservación del movimiento, su cabeza giró con violencia contra el suelo, ayudada porque había realizado un pequeño salto y no tenía componente de rozamiento contra el suelo. La siguiente imagen que tengo es la de la cara del chino estampándose sobre la línea de tres. Qué hostia.

Al final, estos chinos son más duros de lo que parecen. No ha perdido ningún diente, y solo sangró abundantemente de la nariz (que parecía rota).

Hacía tiempo que no veía sangre de otras personas a mi alrededor, pensé que ya había perdido ese don de sembrar el caos y la destrucción a mi paso. Me alegra saber que sigo igual.



El Lituano

Estaba lanzando a canasta en un playground público. En la cancha de al lado, había una familia prácticamente de adolescentes: chico, chica y churumbel, por su aspecto, todos ellos de Europa del Este.

Sigo practicando mi fade-away, castigando la red, y noto una presencia en mi espalda. Es el chico: "¿Jugamos?", dice, haciendo un gesto cómplice apuntando hacia él y hacia mí. Le examino detenidamente. Lleva una camiseta de la selección lituana de fútbol, unos pantalones de camuflaje con mil bolsillos y unas sandalias de cuero. Sin calcetines. "Soy lituano", me anuncia, evidentemente. Su corte de pelo es... atrevido. Luce un mullet ochentero de los que hay que tener los cojones muy grandes para salir a la calle. Y empezamos a jugar.


El puto chico era la reencarnación de Kurtinaitis.


Me dio un repaso brutal, incido nuevamente que él jugaba con sandalias de cuero. Triples, ganchos, juego de pies y fundamentos característicos de la escuela lituana. Y el cabrón no se cansaba de defender.

21 - 14.

Una cura de humildad en toda regla.


"Jugamos otro día, ¿eh?".
- Sí, sí.

Sí por los cojones.


************


Unas semanas más tarde, estaba nuevamente en el playground a una hora extraña, pero prefiero hacer tiro sin compartir cancha con la gente y así centrarme en la mecánica y en mi densa vida interior.

Y oigo a lo lejos el bote de un balón.

Era El Lituano, otra vez. En este caso, venía más preparado para jugar: no llevaba sandalias, sino unas Dr Martens (sic). Viste pantalón vaquero y una camiseta del Atlético de Madrid (!!!).

- ¡Amigo! ¿Jugamos?

No eres mi amigo.

- Vale, ¿calientas?
- Un poco.

Claro, porque piensas que no te va a hacer falta, ¿eh? Cabronazo.

Hoy estoy más metido, conozco su estilo de juego, sé que es rápido, que tira bien de fuera y que se mueve como una bailarina en la zona: el hijo de puta es un fenómeno. Juego a gran nivel y vendo carísima mi derrota: 17-21.

Yo estoy desfondado pero el muy cabrón sonríe: "¿Otro?"

Soy el orgullo herido de Jack.

- ¡Venga!



14-21



Soy los pulmones de Jack, que se salen por la boca.

En el tercer tiempo, me comenta que estuvo en el ejército y es guardaespaldas y agente de seguridad. Por lo que se ve, el tipo me puede matar siete veces antes de que me caiga al suelo. Que está cabreado porque la licencia de armas que sacó en Lituania no es válida en España. Y yo que pensaba hacerle la zancadilla a lo zorro.



*************



Han cambiado las redes de las canasta. El fru-frú del balón resbalando sobre las cuerdas, cuando anotas limpiamente, es uno de los sonidos más bellos que existen. Y si además, como he dicho, las redes son de estreno, éstas sueltan hilillos, copos de fibra, cuando castigas la canasta con series de tiro inmaculadas.

Absorto estaba en estos pensamientos cuando apareció mi (nuestro ya) amigo El Lituano. Hacía varios meses que no bajaba a la pista, pero su sonrisa y fundamentos siguen inmutables: 21-15. En ningún momento tuve opciones, porque esta vez el tipo venía con equipación deportiva. Se recreó en algún lance, con un caño y una canasta por detrás del tablero. Lo normal.

Puto cabrón.

En el descanso entre partido y partido, estuvimos charlando. Se marcha, vuelve a su país durante una temporada. Problemas familiares, acompañados de una precaria situación laboral aquí, exigen su presencia en Lituania (ahora, cada vez que hablo de Lituania, pienso en Chip, de "Las correcciones"). Detecté cierto tono de emoción en sus palabras, pero se repuso rápidamente. Volvimos a jugar. Contra todo pronóstico, gané 21-19. Nos despedimos chocando las manos y deseándole suerte. Me alejé pensando "no necesito tu caridad, hijo de puta".



.

Diario de una relación inexistente: día 18

Llega mi tren. Tomo asiento junto a una chica que suele tomar el mismo coche. Me doy cuenta de que aparta su mirada, nerviosa, cuando miro hacia ella. Sonrío para mí. A punto de cerrarse las puertas, entra la exmiss y se sienta frente a la chica, que sigue ruborizada. La ex-miss parece que vive continuamente bajo el obturador de un fotógrafo insatisfecho. Me centro en la lectura, "Los confines" trata sobre la justificación del amor por encima de todo, de los lazos sociales preestablecidos, de los tabúes, de la felicidad.

Es Su parada; Heia entra. Voluntariamente se dirige hacia mi zona y se sienta delante de mí. Tiene la misma mirada que la última vez que la vi, en su casa, tras despreciarme, tras humillarme, tras escupirme metafóricamente a la cara. La observo con tristeza. Y deseo: sé que sabe que la ropa que se ha puesto me excita, quiere provocarme. Bajo la mirada y sigo leyendo. Los protagonistas se acuestan por primera vez, y por segunda, y por tercera. Desde que inician su relación sexual pasan horas hasta que dialogan, solo disfrutan de sus cuerpos, es su deseo el que habla. Levanto un poco la vista. La ex-miss está escribiendo un SMS o un email; la chica de mi lado me estaba mirando en el reflejo de la ventana; Heia estudia a un tipo que está sentado un par de butacas más allá.

El deseo fugaz, el inicio del deseo, la muerte del deseo. Piezas del mismo Lego, muñecos del mismo juguete, figuritas que observar. En mi iPod suena "Ya no me asomo a la reja". Siento dos gruesas lágrimas resbalando por mis mejillas.

Fin de trayecto.




Diario de una relación inexistente: día 17

Hasta ayer no había estado nunca en Su casa; tenía su dirección, pero Heia se empeñaba siempre en venir a buscarme. El marronazo de que Heia y su ex tenían un piso a medias me hacía sospechar que había algo raro, por lo que insistí en que nos viéramos en Su piso, que ya estaba harto de aparearnos hecho un cuatro y en lugares infames para una persona de mi catadura moral y volumen. Así que quedamos en Su casa, para cenar, ver una peli, mantita y lo que surja: Planazo.

En efecto, nada más entrar, darnos el piquito de salutación, entró el Batista del barrio de muy mala hostia.

- ¿Este es el puto negro gordo cabrón? -bramó. Por lo menos ese animal me insulta con agudeza, plagiando a Guy Ritchie, sí, pero con agudeza. No sé por qué, pero prefiero que me dé una paliza alguien con cierta talla intelectual; supongo que es similar a elegir que te pase por encima un Ferrari F-40 a un Seat 127: cuestión de imagen-.
- ¿Me estabas espiando? Habíamos quedado en que no nos íbamos a molestar -replica Heia muy alterada-. Que íbamos a llevar la convivencia sin problemas.
- Pero no dijimos nada de que un negro de mierda venga a mi casa a follar contigo.
- Bueno, no digamos cosas de las que luego nos arrepintamos -solté como un deficiente mental que ha visto demasiadas películas de malentendidos-.
- Tú sí que te vas a arrepentir. ¿Sabes que es ninfómana?
Yo había comenzado a protegerme para un ataque físico, por lo que ese anuncio me cogió totalmente desprevenido a nivel verbal.
- Agh, sí, ehmcof, cof. ¡Jajaja! Cof.

Dicho lo cual me quedé en silencio durante algunos minutos, expectante ante la discusión de la expareja. Batista acusaba a Heia de que, tras haberse consentido mutuamente todo tipo de infidelidades (porque al parecer él también se calzaba a todo lo que se movía), lo de que Heia se dejase de ver con un chimpancé mórbido (se refería a mí) era prácticamente insostenible para la reputación ante sus amigos, pero que Heia utilizase su casa común, a la vista de todo el mundo, para zumbarse a ese imbécil (seguía hablando de mí), era la gota que colmaba el vaso.

Heia asentía con la cabeza, y solo dijo tres palabras que me sentaron como un jarro de agua fría (y una patada en los cojones):

- Vale. Lo siento.
- ¿Cómo?¿Es todo eso cierto? -pregunté con timidez, amargura y al borde del llanto-.
Heia me sostiene una mirada altiva, con suficiencia, por toda respuesta.
- Esto es demasiado para mí. Me retiro.
Y en la puerta, añadí:
- ¿Tus orgasmos eran fingidos?
No obtuve respuesta.

Anoche mandé un SMS a Heia, que si es verdad que era ninfómana podíamos seguir viéndonos pero, y eso que quede bien claro, solo para follar.

Todavía no me ha respondido.

(Continuará)


Diario de una relación inexistente: día 16

Asunto: Crisis.

Orden del día:

1- Más vale novio conocido que exnovio por conocer.
2- Dime de lo que presumes y te diré lo que no te vas a follar.
3- Cuando el amor llama a la puerta, las putas entran por la ventana.
4- Ruegos y preguntas.


1: Más vale novio conocido que exnovio por conocer.
El viernes salimos por la noche y estuvimos por ahí, en los bares de siempre y no hacía nada de frío: le gustan Los Planetas. En otro caso habría sido otra señal inequívoca de estar hechos el uno para el otro, porque la lista de afinidades se compone de:

- le gustan Los Planetas.
- quiere sexo conmigo.

Eso es todo.

No necesito más. O no necesitaba más. Como iba diciendo, estuvimos tomando algo, bailoteando, frotándonos, sintiéndome El Rey del Mundo. Nos íbamos a retirar cuando una amiga de Heia puso un SMS, que estaba en tal garito y que tenía que devolverle el no sé qué. El bar en cuestión es uno muy poco recomendable. Ya sospeché algo cuando dijo Ahí solía ir mucho antes.... antes de estar contigo, quiero decir. Y ahí que fuimos. Parece que últimamente vamos sembrando violencia a nuestro paso, como un Jinete del Apocalipsis cualquiera, porque todo fue entrar y empezar empujones y a volar puños entre un par de grupos. Nos refugiamos en una esquina, lejos del tumulto, para evitar otro disgusto. Encendieron las luces y quitaron la música; parecía que los ánimos se calmaban. Se apoderó del bar un silencio tenso y espeso, roto cuando un energúmeno hinchado a pesas y esteroides que estaba implicado en la riña tumultuosa se lanzó gritando contra el bando rival. Sus amigos le siguieron: aquello parecía una carga de Braveheart. Evidentemente -y como no podía ser de otra forma-, el mongolo que reinició la pelea era el exnovio de Heia.

Cómo me joden estas cosas.

Conseguimos salir del bar sin mayores problemas, bueno, es una forma de hablar. Al parecer Heia, además de hacerme saber en uno de sus mejores momentos que aquel era su ex, dejó caer que el tipo estaba molesto porque no sabía qué iban a hacer con el piso que habían comprado a medias.

Tócate los cojones.

Vomité. Pues no has bebido tanto. "Me han dado garrafón en la última copa", logré farfullar con los ojos desencajados. No tenía el pito para muchas fiestas, pero digamos que fue Mi Segundo Mejor Polvo de la Historia. Y el segundo peor, también.



2: Dime de lo que presumes y te diré lo que no te vas a follar
No sé cómo salió la conversación del internet y el tiempo que dedicamos cada uno a ello. Yo, henchido de orgullo, me quise consagrar diciendo que "tengo un blog".
¿No serás uno de esos frikis que cuentan toda su vida en el internet, no?
.
“No, claro que no”.
Porque nada me jodería más que enterarme que hablas de mí a mis espaldas.
“Mujer, qué cosas tienes”.
Es que hay gentuza que hasta cuenta sus polvos
.
“Cómo me jode la gente así”.
La cagamos, Luis. No la cagamos, ¡sale! "Pues parece que refresca".


3: Cuando el amor llama a la puerta, las putas entran por la ventana.
Lo previsible: decenas de años reservando mi semilla para la mujer apropiada y ahora que al parecer la he encontrado, se me cruzan jamelgas a todas horas. Por asuntos laborales imaginarios, tengo que trabajar de tú a tú con una chavala impresionante, inteligente, graciosa, culta y que me pone el pito como una campana.

Cómo será de guapa que a pesar de tener unas tetas colosales, ¡sé de qué color tiene los ojos! Amazing. No ha pasado nada, pero lo de Heia lo veía muchísimo más complicado y salió bien. En fin, estábamos reunidos, con seis personas más, pero hablábamos como si estuviéramos solos en la habitación, contándonos todo con la mirada. Es increíble, está ahí, al alcance la mano... me siento como Superman sin su capa.


Ruegos y preguntas:
¿Se puede estar enamorado dos veces al mismo tiempo?
¿Debería entrarla (a La Otra) o mantener la estrategia del pillador pasivo?
¿Lo mío con Heia tiene futuro?

Son cuestiones que se quedan ahí, en el aire, como motas de polvo animadas por el sol.


(Continuará)




Diario de una relación inexistente: día 15 (y 2)

Hemos quedado para ir al cine. Sigue viniendo en coche a buscarme, le gusta seguir teniendo ese tipo de poder sobre mí. Ahora que ya hemos tenido sexo y es Mi Novia, decido poner en práctica una mezcla de los saludos infalibles que tanto tiempo teoricé en la soledad de mi cuarto: agarro una de Sus tetas con la mano y mirando fijamente Sus ojos proclamo: "¡Ole ese cuerpazo!". Se ríe y yo comienzo a sentir un hormigueo en la entrepierna porque se me está estirando la piel.

Hemos ido a la aventura al cine, así que no nos sorprende el hecho de que solo nos cuadren bien dos películas que no hayamos visto uno de los dos: "Vicky el Vikingo" y "Qué les pasa a los hombres". Asumo la responsabilidad de la elección, y elijo ver la de la Johansson y las Yenis (Connelly y Aniston). Hay una escena memorable con Scarlet en una especie de camisón bamboleando sus tetacas sin ningún pudor, por lo que vuelvo a sentir molestias en el pito.

Lamentable el estado físico de las Yennis, con lo que ellas han sido. No obstante, por supuesto que me las follaba a las dos.

Sabedores de que después de la película va a haber tema, en el cine solo tonteamos: unos pequeños sobeteos, besos castos en el cuello y algún ocasional filetaso. Acaba la película; nota final: truñaco.

No vamos a cenar porque queremos comida pero de otra variedad. En efecto, Heia conduce presta a un lugar apartado que parece conocer a la perfección y, después de sentarnos en los asientos traseros, se abalanza sobre mi bragueta dispuesta a poner a prueba la capacidad resistente (a fatiga) de sus puntos. No tengas miedo, te voy a tratar con cariño. Respondo con un ruido sordo que nace de mi estómago.

(...)

“¿Tú crees que 'eso' vendrá bien para la cicatrización?”. Es demasiado sabroso como para ser terapéutico… ¿He dicho ya que estoy enamorado?

Heia ahora se tumba y, sin quitarse el vestido, desliza sus bragas hasta los tobillos, exponiéndose para mí. No se conoce la propia flexibilidad hasta que te enfrentas a situaciones extremas: sería incapaz de reproducir el dibujo exacto que trazó mi cuerpo para poder estar con la cabeza entre sus piernas, mis manos en su culo, mi culo en la alfombrilla trasera y mi pie izquierdo tocando el claxon.

Lastrado por la oscuridad y mi vergonzosa inexperiencia, hice lo que pude, pero no debió ser muy malo. O más bien al contrario, porque al acabar me dijo: Tienes una lengua que para sí la querrían las jirafas. No sé como conoce Heia las virtudes sexuales del apéndice del cuellilargo mamífero, pero según la wikipedia -"La lengua es de color negro, y es tan larga (unos 50 cm) que le permite usarla para limpiarse las orejas"-, creo que debo darme por piropeado.

Nos marchamos, mañana (hoy) hay que trabajar y son más de las 12. Elijo el momento de la despedida para hacerle un regalo: una entrada para un concierto la semana que viene. “El regalo tiene truco: tienes que venir conmigo”. Solo si no me dejas sola en toda la noche, ni siquiera para ir al baño. Un hilillo de saliva se desliza por mi barbilla.

Al llegar a casa me doy cuenta de que me molesta la lengua. La levanto y miro en el espejo. Lo mío con los frenillos es imposible; no sé si podré hablar mañana sin parecer mongólico. Se ve que he puesto tanto interés en la faena que me he lesionado el retén de la lengua con los dientes y/o con la barba de dos días.

Ahora entiendo cuando dicen los poetas que el Amor es Dolor.


(Continuará)


Diario de una relación inexistente: día 15

Anoche me insinuó por SMS que si quería dejaba a su novio y esta mañana, en el tren, me ha soltado que ya es libre, que no podía seguir engañándolo/se y que quiere estar conmigo.

No estoy muy seguro, ha ido todo demasiado rápido, demasiado fácil, he descubierto que Heia es mortal y accesible. Creo que hasta ha perdido un poquito del aura divina con el que había rodeado Su figura. Tengo la sensación de que no va a salir bien.

He dicho que cojonudo, claro, que era lo que más deseaba en este mundo. A la tarde pasearemos de la mano por la calle, iremos al cine y seguramente tendré sexo con Mi Novia. Suena a ciencia-ficción.

Me da la sensación de que tengo menos granos purulentos en la cara, de que la gente no me mira mal y de que incluso estoy adelgazando: esto debe ser la vida real.

Tengo mucho miedo.



(Continuará)


Diario de una relación inexistente: día 14 (y 2)

Me viene a buscar. Beso en los labios de bienvenida. Hoy la lío gorda: trae unos leggins negros. Primera erección de la tarde-noche.

Vamos directamente al bar que comenté. Llegamos a las 23 horas, el local está prácticamente vacío. “¿Qué tomas?”. Una birra, en botella. Pido una cerveza y un Jack Daniels con hielo. Estamos aco(mo)dados en un rincón de la barra, sentados en unos taburetes altos, muy cerca uno de otro. Hablamos, hay buena música y lo estamos pasando bien. Suena un grupo electrónico alternativo que conozco a la perfección; despliego mis conocimientos. No están mal, pero que hayan ganado el premio MTV al mejor grupo español no sé si les beneficia o perjudica. No estoy para análisis sociológico-musicales, así que, cuando saca el tabaco, cambio de tercio y le pido uno. Heia solo fuma cuando sale, me dice. Pasa con muy buena nota la prueba del cigarrillo. Mejor dicho: no me quita ojo en ningún momento y roza lo pornográfico cuando bebe a morro la cerveza.

Me siento bastante animado, siempre me ocurre con un Jack Daniels en la mano, aunque suelo beber bastante aprisa. Me psicoanalizo un momento y concluyo que puede ser porque el vaso de tubo es un sustituto de mi pito (¡cómo no!) y me gusta tenerlo en la mano mientras está frío, y así no pensar en secso a todas horas. Parece claro que se trata de un mecanismo de autodefensa. Qué fácil es el psicoanálisis. Ya estoy bastante borracho.

Vuelvo en mí y está sonando Swastika eyes. Muy apropiado: Heia está besando la boca de la botella, mirándome fijamente a los ojos. Pocas cosas hay más sensuales, pero se supera cuando me dice la palabra más bonita que se le puede regalar a un hombre: Vamos. Su invitación lleva implícito al baño.

No es muy tarde (habremos estado una hora en el bar), pero los baños ya huelen a perros muertos. No me vengo abajo; entramos en tromba en uno de ellos, creo que en el de hombres. Es diminuto. Intento encontrar un buen frente de ataque a la vez que Heia me rodea la cintura con una de sus piernas. Considero una buena opción meter un pie dentro de la taza, ya que al calzar un 47 puedo hacer puente y no meter el zapato en ese agua pestilente. Pero a los diez segundos, se me sube el gemelo y gimo de dolor; Heia me bieninterpreta y susurra Oh sí.. Yo también estoy cachondísima. Comienza la segunda batalla personal: quitar los leggins. De por sí es una maniobra muy complicada, pero con una mano ajena en tu bragueta y una lengua curiosa en la boca es casi imposible. A tientas, creo que he enganchado el borde superior del pantalón de plástico y comienzo a tirar hacia abajo. Heia grita. Arfs, joder cómo me pone que me arañes el culo. No era el pantalón. Utilizo las dos manos para acabar de bajar los leggins y pierdo el equilibrio. Tan enganchados como estamos, rodamos sobre nuestro propio eje hasta que nos damos una buena hostia contra la puerta. "Mejor vamos al coche". Mi gemelo vuelve a la vida.

Salimos del baño sofocados, nos sorprende descubrir que parece que hay un conato de tángana en la puerta del bar. No parecen muy por la labor de dejarnos pasar. Me disfrazo moralmente de Gandhi. Es curioso el afán pacificador que envuelve a un hombre con serias expectativas de follar en unos minutos: Tal vez su (en este caso, mi) posición de superioridad intelectual le incita al diálogo entre las partes, un canto al no pegarsen, un sí al amor y no a la guerra. No obstante, parece que no tengo mucho éxito cuando comienzan a volar vasos y botellas a mi alrededor. Un trozo de cristal alcanza a Heia, en la mejilla. Comienza a sangrar y se queja de dolor.

La paz interior y buen rollo que destilaba hace unos segundos, cambian cuando las expectativas de follar son pospuestas indefinidamente: comienzo a gritar "¡Me cago en mi puta madre. Os voy a matar a todos!!!".

Con el paso de las horas rememoro esos instantes, intentando reconstruir la escena. Creo que me transformé en una especie de molino con aspas mortales, en una cosechadora sin freno, en una máquina de dar hostias y hacer volar a subnormales.

Todo debió durar cuestión de segundos, tras los cuales había dejado a tres tíos azotados en el suelo y camino libre hacia la puerta. Tomé a Heia de la mano y fuimos al hospital, porque el tajo tenía mala pinta.

Llegamos rápidamente a Urgencias y nos toma los datos un enfermero. Heia dice que se ha caído; por el camino me ha dicho que mejor no meternos en rollos dando parte del incidente. El enfermero mira mis nudillos descarnados y yo también digo que me he caído, pero que estoy bien.

- … Sí... te has caído con los puños encima de alguien - murmura el enfermero-.
No se complica el tema, porque el corte de la mejilla es limpio y no parece relacionado con mis lesiones. Por un momento pensé que llamaban a Asuntos Sociales.

Cinco puntos en la cara. Salimos de la sala de curas y Heia me da las gracias y me dice Me pongo cachonda cada vez que pienso que te has pegado con tres tipos porque me han tirado un vaso a la cara.... "No, si yo en realidad no...". Calla. Vamos al baño. “¡Ahora mismo!”.

Los baños de Urgencias están desiertos, limpios y, por decreto, tienen que tener un espacio habilitado para minusválidos (físicos). Evidentemente, tomamos al asalto uno de estos habitáculos, impolutos, espaciosos, versátiles: Las barras acopladas a la pared resultan ser utilísimas para los Actos Amatorios.
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Mientras estoy consagrándome para la Eternidad, pienso en las lágrimas virtuales que he derramado en este diario.

(Escenas explícitas sexuales)

Heia grita como una loca y maldice en idiomas desconocidos para mí, como una endemoniada. Estoy un poco confuso y pregunto si está bien. Me responde con un sonoro beso en la mejilla y me dice te lo has ganado.

Me pitan los oídos y me tiemblan las rodillas. Nos desacoplamos y veo un rastro rojo en el preservativo. "Es sangre… ¿eras virgen?", digo con un hilo de esperanza. Heia se descojona de risa. Joder, que se me saltan los puntos. Tú sí que eras más virgen que Espinete: la sangre esta dentro del condón, te has roto el frenillo, tontolaba. Al percatarme me mareo y casi me caigo al suelo. Heia me ayuda a quitarme el condón, ya con una flacidez galopante. Lo que veo es similar a cuando en un calcetín con la goma dada de si se te ha reventado una ampolla. Tal vez deberían mirartelo, me guiña el ojo, no quiero que haya daños irreversibles.. . Joder, ¡¡¡ni yo!!!.

El mismo enfermero:
- Ahora también te has caído, ¿no?
"Ehem, sí, claro, claro".
- ... Pero dentro de ella -es un humorista frustrado-.
Me desinfecta la punta del pito y me dice que esté un par de días "sin caerme". Siempre tiene que decir la última palabra.

Entre una cosa y otra nos han dado las 5. Heia me lleva a casa y queda en llamarme al día siguiente, aunque es probable que no podamos quedar hasta el lunes.


Esta mañana he tenido que ir al médico. Me escocía el pito. Me han vuelto a curar, parece que hay que ducharse todos los días para evitar infecciones. Me da igual, ya se me puede caer a cachos: ha cumplido todas las funciones para las que fue diseñado.


(Continuará)

Diario de una relación inexistente: día 14 (1)

Parece que Heia está prácticamente recuperada y hoy podemos vernos. Esta noche.

Imagen

Tenemos que andar con precaución, no podemos estar por aquí cerca porque podrían vernos juntos. En otra situación me sentiría insultado, pero entiendo que se refiere a su novio. Hemos quedado en ir a un garito infecto y apartado en el que no hay apenas gente hasta las 2 de la mañana. Estaremos solos y tendremos tiempo para muchas cosas.

Va a ser un finde de ensueño.

Tengo el estómago revuelto con tantas emociones.


(Continuará)


Diario de una relación inexistente: día 13

Me ha llamado por teléfono. Tiene la garganta destrozada, la voz ronca, me recuerda a Olivia Danan de Fringe; ya he comentado cómo me gusta. Obviamente, tengo una erección.

Se ve que con el episodio del borrachuzo de ayer, bajo la lluvia, ha cogido frío. Anda jodidilla. Que por lo menos un par de días no va a poder ir a trabajar ni nada.

Y me encantaría que me visitases, pero... bueno, ya sabes.
"Sí, sí, claro. Lo entiendo." Están dándote largas, imbécil.
No pensarás que te estoy dando largas ¿verdad.

"No lo pienso, claro que no."
Lo pasé bien ayer, dentro de lo que cabe.

"Yo también!". La amo.
¿Hiciste algo... con lo que te dije?

Se me cae el móvil de la mano. Oigo su risa desde el suelo. Recobro cierta compostura "Sí, por supuesto. Soy muy de seguir consejos".
Jaja. Tienes serios problemas de destreza fina, se te caen las cosas continuamente. Jaja. Me encanta turbarte.
¡Y a mí me encantaría tumbarte conmigo encima, cacho perraca! "Qué maja, la chavala".
No, en serio... Me gustó besarte
.
"Y a mí que lo hicieras; hoy no me he lavado los dientes para mantener el sabor de tu saliva". Se ríe. Creo que su sentido del humor va a ser un problema, no me toma nunca en serio.
Qué guarrete, jaja
.
"Entonces mejor no te digo lo de la puerta de la vecina".
Hmpfjajaja. Mejor no, mejor no. Eres un ejemplar curiosísimo, de verdad.

Habla de mí como un objeto. Soy muy feliz en estos momentos. Oh. Tengo que colgar. Ya te llamo mañana.
"Vale. Cuídate."
Beso.
Te comería las tetacas como si fuesen dos chupachuses con chicle. "Otro para ti, ciao".
Hasta mañana
.

(Continuará)


Diario de una relación inexistente: día 12 (y 2)

19:22. Llamada perdida y bajo. Busco con la mirada luces de emergencia. Solo veo aparcado en doble fila un tres puertas, gris, Renault, 5; es Su R5. Tócate los cojones. Otro clasicazo.

Hola. "Hola". Flexiono mi cuerpo hasta un ángulo inverosímil para poder entrar. Puedes echar el asiento para atrás. "Buf. Mejor sería desmontar el asiento y sentarme atrás, con mis piernas en el lugar del copiloto". Se ríe; yo lo decía completamente en serio.

Arrancamos. Cinco minutos de conversación intrascendente (Heia) y de minuciosa observación científica de Su cuerpo (yo). (...) ¿O no?. "¡Claro que no!". ¿Cómo que claro que no?. Me he vuelto a despistar. "Digo sí, por supuesto que...". Heia da un volantazo. Se oye un golpe sordo en el coche: he pegado con la cabeza en el cristal de la ventanilla; duele, pero no sangro. ¿Qué le pasa a ese?. Un Suzuki Vitara está haciendo eses, en uno de los zigzags casi nos lleva por delante; ahora se dirige hacia el arcén. Lo supera, marcha recto hacia la berma. Mete una rueda en la cuneta triangular tipo CL-1.5 y en ese momento decide contravolantear. Vuelca, claro. Sale volando el techo solar. Da varias vueltas de campana y desaparece de la vista. Como en una película de acción. Solo que no explota.

Heia reacciona y paramos en el arcén (a unos 50 metros), para socorrer al accidentado. Está lloviendo y son menos cuarto (estamos a menos de 5 minutos del cine). A tomar por el culo la película. Nunca he visto un cadáver, pienso mientras me acerco. ¿Se le verán las tripas? Tampoco he visto nunca tripas. De humano. En vivo.

Llegamos al lugar del accidente, veo que algún coche más está parando junto al nuestro, para ayudar. El Suzuki yace boca abajo entre zarzas, dos ruedas aún están girando. En la radio suenan los Blacaipis. Meto la cabeza en el coche y está vacío. Quito las llaves del contacto. Bien hecho. "A mí también me tocan los huevos los putos Blacaipis". Lo decía porque está bien quitar el contacto por si salta alguna chispa. "También, también. Dentro no hay nadie. Voy a mirar entre las zarzas, aunque no se ve ni hostias."

Finalmente, andando entre las zarzas y la oscuridad como un astronauta, localizo un tipo hecho un guiñapo, entre la maleza. Su postura me recuerda a la habitual de Sete Gibernau. ¡No lo muevas!. "No pensaba hacerlo". Voy a llamar a emergencias. Me acerco lo suficiente para arañarme con los putos bardales en las manos, y para intentar tomar el pulso. Tiene el cuello envuelto en zarzas. Y los brazos y las piernas. Pero está vivo. Y huele a vino que tira para atrás.

"¿Lo hueles o me parece a mí...?. ¡Joder con el borrachuzo, casi nos lleva por delante!. Heia está de mala hostia. No es para menos. La exclamación de Heia hace recobrar el conocimiento al borracho. Gruñe, pero quiere levantarse. Ayudo al tipo a incorporarse y a quitarse las zarzas. Sangra por muchos sitios por los arañazos. Evidentemente, no llevaba el cinturón de seguridad. Su aliento huele a pez. Tiene un ligero parecido a Chris Peterson. "¿Qué tal estás? ¿Te duele algo?" ¿Quieres que llamemos a alguien?. Chris Peterson parece que se recobra lo suficiente como para respondernos:

- Esshtoy bienh, coño. Nos pongáish melancólicoh...

Estupefacción no es la palabra que refleja exactamente nuestra reacción, pero se podría aplicar. Y también, cabreo. Heia y yo nos miramos. Deja tirado a este subnormal. Sonrío, me gusta cómo suena la palabra subnormal en Su boca. Sigo sujetando a Chris Peterson por un brazo. Veo luces y sirenas, llega la caballería. De repente, veo que su brazo (el de Chris Peterson) se afloja. Miro hacia él y veo que su rodilla ha girado 90º en sentido antihorario, deformando grotescamente sus pantalones.

- Ay, me dueleh la pienna.

"Jódete". Llega hasta nosotros el personal médico y la guardia civil, que se hace cargo de la situación. Han detectado el olor, también se ponen de mala hostia. Nos alejamos y oímos a Chris Peterson decir:

- No, si yo no condusíah. Condusíah mi amigo. Íbamos los tre juntos.

Tengo que agarrar a Heia por la cintura porque iba a arrancar los ojos a Chris. Me excito con su contacto y tengo una erección. Damos numerosas explicaciones a los picoletos y, finalmente, nos vamos. Parece que Chris tiene la rodilla rota y ha hecho una gran marca: 1.25 mg/l en aire. Son las 20:50.

No estamos muy animados con todo el incidente, por lo que tomamos un café y nos vamos a casa. No sé muy bien cómo proceder, pero Heia sí: me lame el cuello y me soba el pecho. Fanfarria Olímpica. Yo, presa del pánico y la inexperiencia, intento hacer lo contrario (lamer Su pecho y acariciar Su cuello) y Heia se ríe. No entiendo su humor. Pero me besa. Tengo una sensación similar a cuando estoy asomado al balcón y veo a un pájaro que pasa volando muy cerca. Mañana hablamos; ya te llamo yo. No trabajo a primera hora. Es una despedida en toda regla. "Ehumarble, cof, ¡vale!". Cuando finalizo las maniobras de salida del R5, Heia me dice: Haz algo con eso, que llevas una hora así y se te puede pudrir. Y me mira la entrepierna. Se marcha sonriendo. Subo corriendo las escaleras pero no me da tiempo y obedezco sus últimas palabras en la escalera. En concreto, en el tirador de la puerta de una vecina que está bastante buena.

Luego, siento remordimientos por esa pequeña infidelidad y me masturbo en casa pensando en Heia.


(Continuará)



Diario de una relación inexistente: día 12 (1)

Ha habido suerte y no me he visto en el brete de tener que decir a la gente que no se sentase a mi lado, para que Heia pudiera hacerlo. Bien pensado, desde que cojo el tren nunca nadie se ha sentado a mi lado excepto Heia.

Pues eso, que hemos llegado a Su parada, se han abierto las puertas, me ha buscado con la mirada y se ha acercado, sonriendo. ¡Hola!

Lo de ayer fue un espejismo (mi atrevimiento); he recuperado mi comportamiento habitual con las mujeres: sudor y balbuceos.

"Erjemble.. olah".
Soy -nombre ininteligible-. Para mí siempre será Heia. Ahora cuando hables a tus amigos de mí ya no tendrás que utilizar pronombres, como yo hago cuando hablo con mis amigas.

El sudor se vuelve frío. "¿eehein?"

Jaja. Que me digas tu nombre, idiota.
"Ah, jeje, cof. Me puedes llamar dunker."
Buen nombre.

Me quedo en blanco.

¿Es políticamente correcto decirle a un negro que se ha quedado en blanco?
"A mí por lo menos no me molesta." Me animo. "Yo suelo decir que trabajo como un chino, no como un negro, sin pensar en sus sentimientos".
Sonríe. Son agotadores con el lenguaje políticamente correcto. Cualquier día no podrás llamar zorra a una puta porque puedes herir a los animalicos.
"Sí, es verdad". Guiño un ojo.
Jaja. Vale. El cine. ¿Sigue en pie?
Me pongo serio. "Cuando quieras y donde quieras." Se me queda mirando. "Ehm. Hablo del cine, claro." Tengo hambre. Siempre tengo hambre cuando estoy nervioso. Tengo un apetito descomunal. Me pica la pierna.
Heia se me queda mirando. Eres un tío muy curioso... Bueno, ¿dijiste Malditos Bastardos? La echan a las 8. ¿Bien?
Afirmo con la cabeza.
Prefiero irte a buscar, por razones.. obvias.
Ya. "Ya". Mejor, porque así como a los yankis se les llena la boca diciendo el modelo de su coche y su año, aquí queda muy mal visto decir "tengo un Ibiza del 92". No parece así de superficial, pero mejor no tentar a la suerte. Hoy en día, cualquiera te puede sorprender enzarzándose en una discusión defendiendo que el esquí es el deporte del pueblo llano. Las razones obvias van a tener que agacharse para pasar por las puertas.

Total, que a las 19:15 vendrá a mi casa a recogerme con el coche. Nos hemos dado los móviles y nos hemos despedido con un "hasta luego".

Sigo sudando a mares, me sigue picando la pierna y me duele el estómago. Es amor, sin duda.


(Continuará)


Diario de una relación inexistente: día 11

Vuelta a la normalidad. Llegamos a Su parada y Heia aparece. Hoy había mucha gente en el vagón otra vez; me tapaban varias personas que estaban de pie. Ese camuflaje humano me ha permitido espiar sus movimientos al entrar. Ha oteado con esos ojos inmensos, desde la esbeltez de Su cuello, hasta que ha localizado un asiento libre. O no me ha encontrado a mí. Porque hoy había pensado en hacerme el duro.

Por el rabillo del ojo más o menos tenía ubicada su posición, pero me he enfrascado en la lectura murmurando como un rosario: No mires, no mires, no mires, tercer misterio, no mires, no mires... Así he estado hasta que se ha levantado una colegiala (no tendría más de 16 años) con esas falditas plisadas, esos calcetinillos hasta la espinilla, esas camisas blancas coquetamente entreabiertas.. que son mi perdición (junto a tantas otras tentaciones a las que sucumbo). He seguido su trayectoria con la vista hasta que he cruzado la mirada con Heia. Me estaba observando fijamente.

Estaba celosa. Muy celosa.

Muy seguro de mi mismo en esos momentos, he tomado una decisión: ahora o nunca. Todas las señales eran propicias; incluso llevaba calzoncillos limpios.

Fin de trayecto. La escena con la colegiala se ha producido una parada antes del final, por lo que aún en caliente, he marcado la página del libro, he parado la música, lo he guardado todo en el bolso y me he lanzado en pos de su conquista.

Fanfarria Olímpica a todo trapo.

"Hola" (clásica estrategia).

Ehm.. Hola, me ha respondido Heia. Estaba francamente sorprendida. Tal vez un poco irritada aún por mi mirada depredadora hacia la cría esa: Ese pensamiento cruza mi mente; si se llega a producir cinco segundos antes, no estaría ahí. Pero estoy AHÍ. Y ya no sabía qué decir más.

"¿Qué tal?". Strike dos.

Bien, para ser lunes.... Se muestra paciente, un poco a la espectativa. Creo que se está divirtiendo con la situación. Qué cojones. Me he sentado a su lado dispuesto a comenzar una conversación.

"Sé que tienes tiempo, tu próximo tren sale dentro de cinco minutos." He comenzado; las palabras me salían solas, sus labios han dibujado una O. "Llevo 13 días con ganas de decirte algo y hoy es un día tan bueno como cualquier otro. Excepto para los supersiticiosos. No soy supersticioso. Puede que un poco maniático. Pero, ¿quién no es maniático hoy en día?"

Era una pregunta retórica, lanzada para ganar tiempo mental, pero Heia ha respondido Sí, es verdad. Me he acordado del anuncio de Minutmeit, el del zumo de naranja. La imagen de dos hombres de negro subidos a una escalera y probando una naranja del árbol siempre me pareció esperpéntica. "¿Te apetece un zumo de naranja?", he preguntado estúpidamente. Suerte que mi pensamiento no ha derivado, como casi siempre suele hacer, a algún contenido sexual.

Me apetece, me ha contestado sonriendo, pero no puedo salir. Si lo hago, debo sacarme otro billete... Gracias de todas formas.
"Ah. Sí, es verdad".
Eso ya lo he dicho yo, jaja. ¡Se ríe!! "Sí, es verdad". .
Jaja. Solo te falta el traje y las gafas oscuras. .
"Ahora que comentas lo del traje y las gafas oscuras, ¿te va Tarantino?¿Has visto Malditos Bastardos? ¿Te apetecería ir hoy al cine conmigo y la vemos?" La escasez de sangre cerebral se ha cobrado su precio. Heia ha apagado su risa y se ha quedado mirándome, sin dejar de sonreir.
No, hoy no puedo. He quedado con mi novio.

El disco de la Fanfarria Olímpica deja de girar.

Claro, qué cojones esperaba. "Ah, erjermromble astrojumde, jeje." Se me ha ocurrido decir para salir limpiamente de la situación embarazosa. Heia me ha seguido mirando, divertida.

Levantándose del asiento, me responde: No sé qué has dicho, pero sé lo que he dicho: HOY.

Se llama cambio de bobina. El espectador no sabe lo que ha visto pero lo ha visto.

"Ah, ehm... Pues entonces... ¿¡mañana!?".

Pensé que nunca lo dirías. Jaja. Tengo que coger un tren. Mañana por la mañana hablamos. ¿Bien?

¡¡Cojonudo!!! "Vale. Hasta mañana".

Sonrisa de despedida.



En cuanto ha partido su tren, me he ido corriendo al baño. Los retortijones ya no tenían marcha atrás.


(Continuará)



Diario de una relación inexistente: día 10

¿Se nos acabó el amor de tanto usarlo?

Huelga decir que tampoco hoy ha aparecido. Y no, no iba en otro vagón. Tanto ayer como hoy me he cuidado mucho de repasar todos los coches cuando salí, en nuestra parada.

No sé qué puedo haber hecho mal, más que nada porque no he movido ficha. No es justo haber fracasado por omisión cuando siempre la cago por un comentario inoportuno ("Me gustan tus tetas; ¿me dices la hora?"), un mal gesto (aullar al ver el culaso de otra tía) o una inocente falta de etiqueta (carraspear hasta arrancar de la garganta un buen gargajo y escupirlo haciendo puntería en la cara de niños pequeños).

Esta vez he cuidado cada paso, pero Heia no está; Heia se fue. La muy puta.

Debo tranquilizarme. Puede que se haya tomado la semana de vacaciones.

Eso tiene que ser.


...


Vale, ya sé lo que voy a hacer: daré una semana de márgen para que vuelva a montarse en mi tren. Si en este periodo no aparece, tomaré el siguiente, por si Heia ha reajustado sus horarios. Si aún así, sigo sin encontrarla...

Estoy muy triste.


(Continuará)


Diario de una relación inexistente: día 9

Un día de espera. Y dos huevos duros.

Rumiaba, mientras esperaba la llegada del tren, lo que he estado pensando en Heia todo el finde y si habrá sido recíproco. Como los niños pequeños, he lanzado una autoapuesta: "si hoy se sienta a mi lado es que está por mí".

Creo que el día 7 empecé a darme asco. Ya no tengo ninguna duda al respecto.

Mi plan para hoy era sentarme en el asiento de pasillo de los pareados y, cuando Heia apareciese en el vagón, deslizarme hacia la ventanilla para dejar mi lado libre. Una señal bastante clara, pienso yo, que exigiría una respuesta de la misma naturaleza: pasar de largo y destrozarme la vida o sentarse a mi lado y emprender una relación basada en el amor y el sexo desinhibido. Sentarse en una butaca aún tibia por mi culo debe ser tan sexy para Heia como lo sería para mí en el caso contrario. O más, porque mis gónadas son bastante grandes y están calientes como las puertas del infierno.

Pues la señal clara ha consistido en que Heia hoy no ha aparecido en el vagón. Y ese era nuestro tren, ha llegado a su hora. Me he autotranquilizado pensando en que ese puede haber quedado dormida, que tal vez se ha tomado el día libre. Porque también se me ha pasado por la cabeza que haya decidido cambiarse de vagón para conocer a otras personas.

Snif.

Disgustado y descentrado, he abandonado la lectura de Meridiano de Sangre (en cinco páginas ya han pasado más cosas que en toda La Carretera) y he observado las evoluciones de un borracho desafiando a la gravedad en el vagón. Siempre me fascina el gesto universal de los ebrios, mitad descoordinación, mitad filosofía oriental, según el cual, para pedir silencio, dibujan una "o" con los labios y posan su dedo índice sobre la frente, mientras dejan escapar el aire y la saliva entre los dientes: ¡Shhhhhhh! Silencia tus pensamientos malos. ¡Sí! Lo he visto claro: Esa señal me la ha dedicado a mí. Debía dejar de pensar en esas cosas, Heia no me ha olvidado. Puede que esté enferma, eso es, puede que se esté muriendo. Cualquier cosa antes de que me haya olvidado o quiera pasar página.

Después, el borracho ha abandonado la práctica filosófica ferroviaria y ha empezado a pasar, una detrás de otra, todas las señas de la brisca a su propio reflejo en el cristal, al mismo tiempo que con las manos dirigía una orquesta sinfónica que solo existía en su cabeza. Cuando se ha caído al suelo por segunda vez y no se ha levantado (para regocijo de las moscas que le perseguían,) he dejado de prestarle atención. Su misión había concluido. El espíritu que lo animaba (y que me ha aconsejado sabiamente) ya le había abandonado.


El plan sigue en pie para mañana.


(Continuará)


Diario de una relación inexistente: día 8

¿Y ahora qué?

Sabía que este día llegaría. Y aún más desde que me puse el reto personal de dirigir una palabra coherente a Heia. Ya no me preocupo de por qué puerta entro para sentarme en el tren, no he sacado conclusiones definitivas a la vista de la experiencia. Así que simplemente he entrado por la segunda puerta y me he sentado en una butaca que tenía otra vacía al lado. Hoy había bastantes sitios libres, por lo que no contaba con lo que pasó cuando Heia entró en el vagón.

Entró, majestuosa y sensual, por la primera puerta, miró a cada lado y, cuando me vio, vino directamente hacia mí. Bueno, hacia la butaca vacía adjunta. No esperaba esa puesta en escena, por lo que me ha pillado completamente descolocado (y desparrancado ocupando media butaca vacía). Me ha lanzado una mirada inquisitiva ("¿puedo sentarme?¿puedes hacerme tuya?¿por qué no me entras de una puta vez?" -seguro que la opción A-)) y he retirado mi pierna mientras he murmurado sonriendo "Ah, sí. Hola...".

Un gran paso para dunker, puta mierda para la humanidad.

Con una sonrisa deliciosa como toda respuesta, ha acomodado Su bien torneado culo a escasos centímetros de mi codo.

Arfs.

No se trataba de los asientos pareados, sino de las hileras de tres butacas escamoteables en sentido longitudinal. Los pobres que montamos en tren conocemos bien las posibilidades de rozamientos involuntarios (o no) que ofrece esta disposición ante las acciones de aceleración y desacelaración del convoy. Así que Su codo y, ocasionalmente Su muslo, han entrando en contacto con mi cuerpo.

Y me he venido arriba.

He provocado una situación que he pensado durante días. En el tren, voy leyendo y escuchando música. Como ya he comentado, no parece que Heia sea muy lectora, al menos durante el trayecto. Así que decidí jugármela con la música. Pero ha sido una decisión difícil; ya he comentado que tiene pinta de indie, por lo que deseché la lista comercial (que llevo para emergencias de estreñimiento) y la lista punk (Letrinas rebosantes y Mus de Pus, esos artistas tan poco reconocidos). Escuchar NajwaJean era demasiado evidente, por lo que me tiré hacia mis queridos Planetas, que nunca me han abandonado en mis largas noches de soledad y acné. Esa era la banda sonora. Pero el movimiento mágico para captar su atención era sacar el iPod y pasar de canción. Ese gesto no podía pasar desapercibido, ni la carátula y canción que iba a poder ver perfectamente. Podría dar lugar a una conversación o, simplemente, ver que voy de su palo (minipunto para dunker).

Así pues, me he lanzado y he sacado el iPod del bolsillo, y... Se me ha enganchado el jack con el pantalón, pero con dos tirones secos he podido desatascarlo. Y arrancar el jack de su hembra, también. En ese momento, he tenido que utilizar las dos manos, una para sacar el iPod y la otra para conectar nuevamente los auriculares. He comenzado a sudar. Con las manos húmedas se maneja muy mal la cubierta metálica del reproductor, pero eso no ha sido lo peor. Me temblaban los dedos. Acertar en una pantalla táctil en los botoncitos precisos no es una tarea fácil para alguien como yo, que tiene los dedos como morcillas de Burgos. Temblando es prácticamente imposible pulsar la tecla correcta. Por eso en lugar de pasar de canción he salido al menú inicial. Presa del pánico, al intentar volver a la música he pinchado el Safari y se ha abierto una página pornográfica. Crisis. Me he recompuesto un poco y no sé muy bien cómo pero he podido volver a la música. Más tranquilo ante la vista de la portada del Super 8, con "Rey Sombra", he pasado de canción y la pantalla ha cambiado a "La máquina de escribir", una canción que habla sobre una felación. Argh. Con el susto se me ha caído el iPod al suelo. No todo podía ser malo, tengo configurado que también cambie de canción agitando el reproductor. Lo he recogido del suelo y ahora sonaba "Un buen día". El sarcasmo de Dios comienza a ser irritante.

Heia se estaba mordiendo el labio inferior, lágrimas brillaban en sus ojos: a duras penas podía contener la risa. Yo tenía la camisa empapada en sudor. Fin de trayecto. Nos hemos despedido con una fugaz sonrisa.



(Continuará)



Diario de una relación inexistente: día 7

Si no das un paso al frente, por lo menos no recules.

Cada día se está convirtiendo en un festival de la ilusión, en una rutina llena de interrogantes. ¿Dónde me siento hoy?¿Qué hará Heia?¿Seré capaz de avanzar en nuestra relación? Dando vueltas en la cabeza a estas cuestiones mientras esperaba el tren, ha pasado frente a mí la ex-miss. He de reconocer el Humor que se gastan la/s entidad/es todopoderosa/s. Llevaba una bolsa de Zara. Ya sentado en el vagón (la zona trasera estaba llena, he vuelto al mismo sitio de ayer), mientras esperaba con palpitaciones Su parada, he estado pensando en la ex-miss. A su vida profesional me refiero. Qué triste tiene que ser pasearse ante media España en bañador, colocando un pie delante de otro, a un paso del reconocimiento social, para acabar plegando ropa continuamente. Me apunto su sentimiento de frustración como piedra angular del Plan B, por si falla lo de Heia.

En Su parada, se ha repetido la misma historia de ayer: se han vaciado varios asientos. Pero Heia ha entrado con paso firme a mi zona. Ya no sé cómo interpretarlo. Ha paseado la mirada, barriendo el vagón como un faro, hasta que ha localizado un asiento libre. Por desgracia, no a mi lado (dos imbéciles muy feos se han adelantado).

Poco a poco, según avanzaba el trayecto, se ha ido vaciando el vagón, consiguiendo un ángulo de reflejos en las ventanillas muy favorable que me ha permitido estudiar su comportamiento. Profusamente maquillada, lee revistas con desgana pero ni levanta la vista, despreciando a sus compañeros de viaje circunstanciales. Sonrío para mí porque cuando se sienta a mi lado sí me mira. Triunfo moral, ascensos y medallas para todos.

Fin de trayecto. Me he despistado leyendo; "Ruido de fondo" se está poniendo interesante (por fin), parece que ha habido un escape de un gas tóxico que genera bultos en las ratas. Guardo el libro y... de nuevo, en la puerta, cara a cara.

Ojos que dicen: ¿Te importaría haserme tuya despasito?
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Ojos que dicen: ...
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Ha bajado la mirada. Pero no ha borrado la media sonrisa que ilumina mis mañanas... Y mis poluciones nocturnas.

Me he alejado, con el culo de la ex-miss de zanahoria (escena no exenta de ironía; Dios sería un buen compañero de cañas), pensando en que he desaprovechado una buena ocasión no articulando palabra. Pero también, que podría haberla cagado de una de las miles de formas (voluntarias e involuntarias) que han generado el desprecio sexual femenino a lo largo de mi vida.

Por eso, el balance se puede definir como nulo, o incluso, ligeramente positivo. Empiezo a darme asco.


(Continuará)



Diario de una relación inexistente: día 6

Dios existe y es malo. Pero tiene sus momentos.

Como decíamos ayer, hoy estaba colocado en buena posición para entrar en el vagón y sentarme donde últimamente Heia se coloca. He tenido que hacer valer mi envergadura y kilos, pero ahí estaba yo, milimétricamente estacionado frente al lugar donde quedan las puertas cuando para el tren.

Lamentablemente, en toda la zona trasera del vagón solo había un sitio libre y he tenido que reflexionar en cuestión de dos segundos dónde posaba mi culo. Al final, me he alejado un poco de esa zona y he elegido un par de butacas que estaban solas, deslizándome hacia la ventanilla para que el espacio libre y mi presencia invitasen a compartir trayecto (y lo que surja) conmigo.

Entonces llegó la negación de fe. En Su parada, se han bajado tres personas precisamente del fondo del vagón; Heia ha entrado directamente a los asientos libres dejándome con una expresión desencajada y profiriendo, para mí, insultos a Dios en sus diversas manifestaciones.

No han sonado trompetas, ni he visto el dragón de siete colas, pero me ha dado la sensación de que algo me quería dar una lección: tan preocupado estaba en observar nuevamente Su nuca, que no he percibido (o es que ha aparecido de la nada ante mis blasfemias) una ex-miss, que he reconocido un instante después de que se sentara a mi lado.

Hace años, cuando era un poquito menos asocial (pero seguía siendo un perdedor nato), quedaba con amigos imaginarios para ver la gala de Miss Estado Español y hacíamos quinielas. Bien, pues esta era mi favorita en una de aquellas ediciones, recordaba a la perfección su porte, su mirada penetrante y sus tetacas bien puestas. No ganó, pero llegó a la criba final. Y el tiempo ha moldeado meticulosamente sus caderas hasta lograr unos radios de curvatura de quitarse el sombrero.

En ese momento, me he dado cuenta de que me han puesto a prueba. Pero soy fiel a Heia. Huelga decir que no ha habido conversación con la ex-miss, aunque me ha rozado la pierna con la suya al sentarse (no he eyaculado por poco).

Al llegar al final del trayecto me estaba felicitando mentalmente por no haber sucumbido a la tentación. Dudaba de que la ex-miss confundiera mi indiferencia exterior con mi pose de pillador pasivo, que tanto utilizo y tan pocos resultados me da en general. No acaba de comenzar el himno en mi honor que siempre resuena en mi cabeza para autofelicitarme (La Fanfarria Olímpica de John Williams) cuando me he quedado cara a cara con Heia. Un sudor frío denso me ha cubierto de pies a cabeza, como un tsunami. ¡Y me ha sonreído ligeramente!!! Mi cara a cobrado vida propia y se ha deformado como un plástico expuesto al fuego directo.

Pero no ha apartado la mirada.

Ni ha vomitado.

Cuando me alejaba, aún tembloroso, he repasado la secuencia de acontecimientos y he concluido que todo se ha tratado de una manifestación divina: negación, tentación, no caer en ella, volver a los brazos de la fe y recompensa. Con cuatro palabras más, intercaladas, se han construido decenas de religiones.

El primer paso se ha dado, el contacto visual ha sido claro, el hielo está roto.

(Continuará)