Diario de una relación inexistente: día 9
Un día de espera. Y dos huevos duros.
Rumiaba, mientras esperaba la llegada del tren, lo que he estado pensando en Heia todo el finde y si habrá sido recíproco. Como los niños pequeños, he lanzado una autoapuesta: "si hoy se sienta a mi lado es que está por mí".
Creo que el día 7 empecé a darme asco. Ya no tengo ninguna duda al respecto.
Mi plan para hoy era sentarme en el asiento de pasillo de los pareados y, cuando Heia apareciese en el vagón, deslizarme hacia la ventanilla para dejar mi lado libre. Una señal bastante clara, pienso yo, que exigiría una respuesta de la misma naturaleza: pasar de largo y destrozarme la vida o sentarse a mi lado y emprender una relación basada en el amor y el sexo desinhibido. Sentarse en una butaca aún tibia por mi culo debe ser tan sexy para Heia como lo sería para mí en el caso contrario. O más, porque mis gónadas son bastante grandes y están calientes como las puertas del infierno.
Pues la señal clara ha consistido en que Heia hoy no ha aparecido en el vagón. Y ese era nuestro tren, ha llegado a su hora. Me he autotranquilizado pensando en que ese puede haber quedado dormida, que tal vez se ha tomado el día libre. Porque también se me ha pasado por la cabeza que haya decidido cambiarse de vagón para conocer a otras personas.
Snif.
Disgustado y descentrado, he abandonado la lectura de Meridiano de Sangre (en cinco páginas ya han pasado más cosas que en toda La Carretera) y he observado las evoluciones de un borracho desafiando a la gravedad en el vagón. Siempre me fascina el gesto universal de los ebrios, mitad descoordinación, mitad filosofía oriental, según el cual, para pedir silencio, dibujan una "o" con los labios y posan su dedo índice sobre la frente, mientras dejan escapar el aire y la saliva entre los dientes: ¡Shhhhhhh! Silencia tus pensamientos malos. ¡Sí! Lo he visto claro: Esa señal me la ha dedicado a mí. Debía dejar de pensar en esas cosas, Heia no me ha olvidado. Puede que esté enferma, eso es, puede que se esté muriendo. Cualquier cosa antes de que me haya olvidado o quiera pasar página.
Después, el borracho ha abandonado la práctica filosófica ferroviaria y ha empezado a pasar, una detrás de otra, todas las señas de la brisca a su propio reflejo en el cristal, al mismo tiempo que con las manos dirigía una orquesta sinfónica que solo existía en su cabeza. Cuando se ha caído al suelo por segunda vez y no se ha levantado (para regocijo de las moscas que le perseguían,) he dejado de prestarle atención. Su misión había concluido. El espíritu que lo animaba (y que me ha aconsejado sabiamente) ya le había abandonado.
El plan sigue en pie para mañana.
(Continuará)
Rumiaba, mientras esperaba la llegada del tren, lo que he estado pensando en Heia todo el finde y si habrá sido recíproco. Como los niños pequeños, he lanzado una autoapuesta: "si hoy se sienta a mi lado es que está por mí".
Creo que el día 7 empecé a darme asco. Ya no tengo ninguna duda al respecto.
Mi plan para hoy era sentarme en el asiento de pasillo de los pareados y, cuando Heia apareciese en el vagón, deslizarme hacia la ventanilla para dejar mi lado libre. Una señal bastante clara, pienso yo, que exigiría una respuesta de la misma naturaleza: pasar de largo y destrozarme la vida o sentarse a mi lado y emprender una relación basada en el amor y el sexo desinhibido. Sentarse en una butaca aún tibia por mi culo debe ser tan sexy para Heia como lo sería para mí en el caso contrario. O más, porque mis gónadas son bastante grandes y están calientes como las puertas del infierno.
Pues la señal clara ha consistido en que Heia hoy no ha aparecido en el vagón. Y ese era nuestro tren, ha llegado a su hora. Me he autotranquilizado pensando en que ese puede haber quedado dormida, que tal vez se ha tomado el día libre. Porque también se me ha pasado por la cabeza que haya decidido cambiarse de vagón para conocer a otras personas.
Snif.
Disgustado y descentrado, he abandonado la lectura de Meridiano de Sangre (en cinco páginas ya han pasado más cosas que en toda La Carretera) y he observado las evoluciones de un borracho desafiando a la gravedad en el vagón. Siempre me fascina el gesto universal de los ebrios, mitad descoordinación, mitad filosofía oriental, según el cual, para pedir silencio, dibujan una "o" con los labios y posan su dedo índice sobre la frente, mientras dejan escapar el aire y la saliva entre los dientes: ¡Shhhhhhh! Silencia tus pensamientos malos. ¡Sí! Lo he visto claro: Esa señal me la ha dedicado a mí. Debía dejar de pensar en esas cosas, Heia no me ha olvidado. Puede que esté enferma, eso es, puede que se esté muriendo. Cualquier cosa antes de que me haya olvidado o quiera pasar página.
Después, el borracho ha abandonado la práctica filosófica ferroviaria y ha empezado a pasar, una detrás de otra, todas las señas de la brisca a su propio reflejo en el cristal, al mismo tiempo que con las manos dirigía una orquesta sinfónica que solo existía en su cabeza. Cuando se ha caído al suelo por segunda vez y no se ha levantado (para regocijo de las moscas que le perseguían,) he dejado de prestarle atención. Su misión había concluido. El espíritu que lo animaba (y que me ha aconsejado sabiamente) ya le había abandonado.
El plan sigue en pie para mañana.
(Continuará)

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