Me viene a buscar. Beso en los labios de bienvenida. Hoy la lío gorda: trae unos leggins negros. Primera erección de la tarde-noche.
Vamos directamente al bar que comenté. Llegamos a las 23 horas, el local está prácticamente vacío. “¿Qué tomas?”.
Una birra, en botella. Pido una cerveza y un Jack Daniels con hielo. Estamos aco(mo)dados en un rincón de la barra, sentados en unos taburetes altos, muy cerca uno de otro. Hablamos, hay buena música y lo estamos pasando bien. Suena un grupo electrónico alternativo que conozco a la perfección; despliego mis conocimientos.
No están mal, pero que hayan ganado el premio MTV al mejor grupo español no sé si les beneficia o perjudica. No estoy para análisis sociológico-musicales, así que, cuando saca el tabaco, cambio de tercio y le pido uno. Heia
solo fuma cuando sale, me dice. Pasa con muy buena nota la prueba del cigarrillo
. Mejor dicho: no me quita ojo en ningún momento y roza lo pornográfico cuando bebe a morro la cerveza.
Me siento bastante animado, siempre me ocurre con un Jack Daniels en la mano, aunque suelo beber bastante aprisa. Me psicoanalizo un momento y concluyo que puede ser porque el vaso de tubo es un sustituto de mi pito (¡cómo no!) y me gusta tenerlo en la mano mientras está frío, y así no pensar en secso a todas horas. Parece claro que se trata de un mecanismo de autodefensa. Qué fácil es el psicoanálisis. Ya estoy bastante borracho.
Vuelvo en mí y está sonando Swastika eyes. Muy apropiado: Heia está besando la boca de la botella, mirándome fijamente a los ojos. Pocas cosas hay más sensuales, pero se supera cuando me dice la palabra más bonita que se le puede regalar a un hombre:
Vamos. Su invitación lleva implícito
al baño.
No es muy tarde (habremos estado una hora en el bar), pero los baños ya huelen a perros muertos. No me vengo abajo; entramos en tromba en uno de ellos, creo que en el de hombres. Es diminuto. Intento encontrar un buen frente de ataque a la vez que Heia me rodea la cintura con una de sus piernas. Considero una buena opción meter un pie dentro de la taza, ya que al calzar un 47 puedo hacer puente y no meter el zapato en ese agua pestilente. Pero a los diez segundos, se me sube el gemelo y gimo de dolor; Heia me bieninterpreta y susurra
Oh sí.. Yo también estoy cachondísima. Comienza la segunda batalla personal: quitar los leggins. De por sí es una maniobra muy complicada, pero con una mano ajena en tu bragueta y una lengua curiosa en la boca es casi imposible. A tientas, creo que he enganchado el borde superior del pantalón de plástico y comienzo a tirar hacia abajo. Heia grita.
Arfs, joder cómo me pone que me arañes el culo. No era el pantalón. Utilizo las dos manos para acabar de bajar los leggins y pierdo el equilibrio. Tan enganchados como estamos, rodamos sobre nuestro propio eje hasta que nos damos una buena hostia contra la puerta. "Mejor vamos al coche". Mi gemelo vuelve a la vida.
Salimos del baño sofocados, nos sorprende descubrir que parece que hay un conato de tángana en la puerta del bar. No parecen muy por la labor de dejarnos pasar. Me disfrazo moralmente de Gandhi. Es curioso el afán pacificador que envuelve a un hombre con serias expectativas de follar en unos minutos: Tal vez
su (en este caso,
mi) posición de superioridad intelectual le incita al diálogo entre las partes, un canto al no pegarsen, un sí al amor y no a la guerra. No obstante, parece que no tengo mucho éxito cuando comienzan a volar vasos y botellas a mi alrededor. Un trozo de cristal alcanza a Heia, en la mejilla. Comienza a sangrar y se queja de dolor.
La paz interior y buen rollo que destilaba hace unos segundos, cambian cuando las expectativas de follar son pospuestas indefinidamente: comienzo a gritar "¡Me cago en mi puta madre. Os voy a matar a todos!!!".
Con el paso de las horas rememoro esos instantes, intentando reconstruir la escena. Creo que me transformé en una especie de molino con aspas mortales, en una cosechadora sin freno, en una máquina de dar hostias y hacer volar a subnormales.
Todo debió durar cuestión de segundos, tras los cuales había dejado a tres tíos azotados en el suelo y camino libre hacia la puerta. Tomé a Heia de la mano y fuimos al hospital, porque el tajo tenía mala pinta.
Llegamos rápidamente a Urgencias y nos toma los datos un enfermero. Heia dice que se ha caído; por el camino me ha dicho que mejor no meternos en rollos dando parte del incidente. El enfermero mira mis nudillos descarnados y yo también digo que me he caído, pero que estoy bien.
- … Sí... te has caído con los puños encima de alguien - murmura el enfermero-.
No se complica el tema, porque el corte de la mejilla es limpio y no parece relacionado con mis lesiones. Por un momento pensé que llamaban a Asuntos Sociales.
Cinco puntos en la cara. Salimos de la sala de curas y Heia me da las gracias y me dice
Me pongo cachonda cada vez que pienso que te has pegado con tres tipos porque me han tirado un vaso a la cara.... "No, si yo en realidad no...".
Calla. Vamos al baño. “¡Ahora mismo!”.
Los baños de Urgencias están desiertos, limpios y, por decreto, tienen que tener un espacio habilitado para minusválidos (físicos). Evidentemente, tomamos al asalto uno de estos habitáculos, impolutos, espaciosos, versátiles: Las barras acopladas a la pared resultan ser utilísimas para los Actos Amatorios.

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