Diario de una relación inexistente: día 5
Ha valido la pena.
No, no he hablado con Heia. Ni se ha sentado a mi lado. Ni siquiera en un entorno cercano. Cierto es que hoy el tren estaba petado; no sé si se ha corrido la voz porque he creído ver miradas hacia mí del resto del vagón, espectadores de lujo como son de esta épica historia romántica.
Ha entrado, entre cuatro o cinco personas, por la misma puerta del vagón de ayer (que será la mía de mañana) y se ha sentado de espaldas a mí. He podido deleitarme con su esbelto cuello durante todo el recorrido, embriagado en un estado de somnolencia gatuna.
Hemos llegado al destino y, con nuestra rutina de siempre, hemos salido los últimos. Y, entonces, ha ocurrido. Ha mirado hacia donde yo estaba y, cuando se han cruzado nuestras miradas, ha salido por la puerta opuesta del vagón. Para una mente no habituada a los rituales de apareamiento humanos puede parecer una huida, un despavorido intento de no acercarse a mi Círculo de Poder. Pero para el resto de personas, y para mí en particular, ha sido una maniobra de exhibición, un despliegue de su cola de pavo real (es una metáfora; espero y confío en que no tenga pito), un gesto de coquetería y lucimiento de ese atenuante para casos de violación llamado leggins de vinilo (en este caso, de color gris).
Qué redondeces, qué brillos, qué jamelga.
Así es, vestía esa prenda ideada por una depravada mente maestra y ella lo lucía con desinhibida elegancia para mí. Lo sé.
No recuerdo muy bien qué ha pasado desde entonces, solo sé que he llegado afortunadamente sin ningún accidente hasta el PC. Ni sé cómo he cruzado las diversas calles con tráfico infernal.
Mañana es mi día mensual de ducha matutina. Limpio y aseado voy a ser imparable.
(Continuará)

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