Grupo de enlace
Esta historia sucedió un par de años más tarde que el affaire Terrano, Jack Daniels & Reggeton. En esta ocasión, me había desplazado junto a un amigo imaginario a una localidad (a 150 km de casa) que se encontraba en fiestas patronales, de las cuáles nos habían hablado muy bien en términos lúdicos y/o sexuales (hasta el más feo follaba, al parecer). Y allí nos plantamos.
El ritual se iniciaba al atardecer, en un camping, donde toda la chavalería se arrejuntaba haciendo acopio interior de sustancias líquidas, sólidas y gaseosas; más tarde, una vez caída la noche, toda la manada acudía a la zona de bares local. Contábamos con la inestimable ayuda de un grupo de enlace infiltrado en la zona de acampada, ya que, compromisos laborales de mi amigo (llamémosle Alfredo) le exigían trabajar la mañana siguiente y, por tanto, no podíamos dormirla allí. Vistos los cojones claro que es macho, pero en aquel momento no advertimos la temeridad de iniciar una noche loca con una incierta vuelta a casa, aunque confiábamos en el servicio de autobuses y la flota de refuerzo que habían dispuesto para cubrir las necesidades del evento.
En el camping lo suyo era sentarse frente a las tiendas, beber calimocho, comer matutanos y fumar porros, lo cual hicimos con fruición para integrarnos en el ambiente. Se dio la feliz coincidencia de que frente a las iglús de nuestro grupo de enlace se encontraba un puñado de tipas, algunas de ellas bastante potables, con las que enseguida establecimos contacto visual. Alfredo, en un visto y no visto, consiguió desaparecer en el interior de una tienda con una de ellas. Me bebí un buen trago de cali a su salud: "Ja! Ese es mi Alfredo", pensé, "y ahora me toca a mí". Había echado el ojo a una de ellas (llamémosla Ana) y ahí fui, gateando los tres metros que nos separaban hasta sentarme entre ella y una de sus amigas (llamémosla Belén), que no estaba mal: era más fea que Ana, pero tenía las tetas más gordas.
Animadamente transcurrieron los minutos, sintiéndome ingenioso, con chispa y con los primeros toqueteos de muslos en ese modo inocente que suele acabar con azotes en el trasero y pelos rizados entre los dientes. Si bien mis jueguecillos de manos iban principalmente dirigidos a Ana, que me seguía el juego, también tonteé con Belén y era esta última la que más establecía contacto físico con esa naturalidad tan descuidada pero tan bien aprendida. Como ya he dicho antes, esta anécdota es posterior a mi encuentro con Ainoha y Begoña, por lo que era bastante escéptico frente a la posibilidad de acabar la velada con ellas dos. Así que me centré definitivamente en Ana.
Había anochecido, señal para abandonar el campamento y mantener la borrachera en los bares. Ya tenía ganas de un Jack Daniels. Eché una última mirada a la tienda donde seguía Alfredo y sonreí al alejarme. El camping estaba a unos diez minutos a pie del pueblo, y el camino discurría paralelo a la costa. A los cinco minutos de trayecto, a la altura de una de las entradas a la playa, Ana me hizo un aparte y me susurró al oído: "Me da un poco de corte decírtelo, pero... Te gusta Belén? Porque tú a ella sí...". Jarro de agua tibia. Con el rabillo del ojo vi a mi pretendienta esperando la respuesta, que no pudo ser otra que: "Claro! Me gusta mucho!". Al poco, entraba de la mano de Belén en la playa, sonriendo y mirando sus tetas con descaro.
Encontramos una duna a nuestro gusto, con una pendiente apta para hacer locuras y sin hierbas puntiagudas de esas que te hacen mentar a la virgen María en el momento más inoportuno. Tras los besos y repasos táctiles sobre ropa, tomé sus pechos con las manos y ¡joder! eran las tetas más duras que he tocado en mi vida. Fantásticas. Decidí visitarlas con la boca, pero me llevé la amarga sorpresa de que sus pezones tenían una aureola con pelos demasiado largos para mi gusto. "En fin, qué se le va a hacer" me dije a mí mismo con profesionalidad.
De repente, Belén lanzó un grito que me acojonó: un puto voyeur nos estaba mirando. Era un cincuentón hijo de puta, muy veloz para su edad. Le arrojé un puñado de arena, con impotencia, acabando un buen número de esos granos en mis ojos y en mi boca. En la playa se escuchó un "Me cago en cristo!" muy sonoro, en el que reconocí mi voz, mientras me rechinaban los dientes al mascar arena. Ni que decir tiene que nos cortó el rollo, pero Belén decidió coger el toro por los cuernos y me bajó los pantalones limpiamente de un tirón. Me puso a tono rápidamente, y cuando eché mano de la cartera para buscar los condones me vino un flash mental: Alfredo me los había pedido! "Error de principiante por mi parte", pensé, "soy subnormal", añadí. A ella no pareció afectarle que no tuviera condones, y me animó a que me la follara a pelo; uno tiene sus principios y si no me gustan, los cambio en función de las circunstancias, pero pensar en la posibilidad de aparecer con un sarpullido en el rabo a los pocos días o un churumbel a los nueve meses, hicieron que me mantuviese firme. No me hizo caso; se bajó las bragas y me iba a cabalgar. Me revolví y la llamé fascista, que eso no era plan y que "yo tengo principios, ¡principios!". A ella le emocionó mi rectitud y comenzó a llorar. Sin saber muy bien qué hacer, me acerqué a ella y la pregunté qué pasaba. "Es que tuve una experiencia muy mala con un chico" confesó, "abusó de mí, y encontrar a gente como tú, para la que no todo es follar por follar, hace que me emocione". "Perfecto, la ha cogido llorona" valoré mentalmente, "que esto te sirva de lección para que otro día seas el amigo de los niños y vayas regalando los condones. Subnormal".
Totalmente flácido, fuimos a la zona de bares, parando en una esquina del camino donde meé durante lo que me pareció una eternidad. Dejé a Belén con sus extrañadas amigas (tenía todo el maquillaje corrido) y me fui. Merodeé el resto de la noche, rumiando (una vez más) mi mala suerte y cogí el primer autobús de vuelta. Alfredo no me cogía el móvil; bueno, triunfó uno, triunfó el equipo. Aquella tarde hablé con él. Había llegó 3 horas tarde al trabajo por la mañana, con una resaca de espanto. Me agradeció los condones y como respuesta lancé el móvil contra el suelo.
El ritual se iniciaba al atardecer, en un camping, donde toda la chavalería se arrejuntaba haciendo acopio interior de sustancias líquidas, sólidas y gaseosas; más tarde, una vez caída la noche, toda la manada acudía a la zona de bares local. Contábamos con la inestimable ayuda de un grupo de enlace infiltrado en la zona de acampada, ya que, compromisos laborales de mi amigo (llamémosle Alfredo) le exigían trabajar la mañana siguiente y, por tanto, no podíamos dormirla allí. Vistos los cojones claro que es macho, pero en aquel momento no advertimos la temeridad de iniciar una noche loca con una incierta vuelta a casa, aunque confiábamos en el servicio de autobuses y la flota de refuerzo que habían dispuesto para cubrir las necesidades del evento.
En el camping lo suyo era sentarse frente a las tiendas, beber calimocho, comer matutanos y fumar porros, lo cual hicimos con fruición para integrarnos en el ambiente. Se dio la feliz coincidencia de que frente a las iglús de nuestro grupo de enlace se encontraba un puñado de tipas, algunas de ellas bastante potables, con las que enseguida establecimos contacto visual. Alfredo, en un visto y no visto, consiguió desaparecer en el interior de una tienda con una de ellas. Me bebí un buen trago de cali a su salud: "Ja! Ese es mi Alfredo", pensé, "y ahora me toca a mí". Había echado el ojo a una de ellas (llamémosla Ana) y ahí fui, gateando los tres metros que nos separaban hasta sentarme entre ella y una de sus amigas (llamémosla Belén), que no estaba mal: era más fea que Ana, pero tenía las tetas más gordas.
Animadamente transcurrieron los minutos, sintiéndome ingenioso, con chispa y con los primeros toqueteos de muslos en ese modo inocente que suele acabar con azotes en el trasero y pelos rizados entre los dientes. Si bien mis jueguecillos de manos iban principalmente dirigidos a Ana, que me seguía el juego, también tonteé con Belén y era esta última la que más establecía contacto físico con esa naturalidad tan descuidada pero tan bien aprendida. Como ya he dicho antes, esta anécdota es posterior a mi encuentro con Ainoha y Begoña, por lo que era bastante escéptico frente a la posibilidad de acabar la velada con ellas dos. Así que me centré definitivamente en Ana.
Había anochecido, señal para abandonar el campamento y mantener la borrachera en los bares. Ya tenía ganas de un Jack Daniels. Eché una última mirada a la tienda donde seguía Alfredo y sonreí al alejarme. El camping estaba a unos diez minutos a pie del pueblo, y el camino discurría paralelo a la costa. A los cinco minutos de trayecto, a la altura de una de las entradas a la playa, Ana me hizo un aparte y me susurró al oído: "Me da un poco de corte decírtelo, pero... Te gusta Belén? Porque tú a ella sí...". Jarro de agua tibia. Con el rabillo del ojo vi a mi pretendienta esperando la respuesta, que no pudo ser otra que: "Claro! Me gusta mucho!". Al poco, entraba de la mano de Belén en la playa, sonriendo y mirando sus tetas con descaro.
Encontramos una duna a nuestro gusto, con una pendiente apta para hacer locuras y sin hierbas puntiagudas de esas que te hacen mentar a la virgen María en el momento más inoportuno. Tras los besos y repasos táctiles sobre ropa, tomé sus pechos con las manos y ¡joder! eran las tetas más duras que he tocado en mi vida. Fantásticas. Decidí visitarlas con la boca, pero me llevé la amarga sorpresa de que sus pezones tenían una aureola con pelos demasiado largos para mi gusto. "En fin, qué se le va a hacer" me dije a mí mismo con profesionalidad.
De repente, Belén lanzó un grito que me acojonó: un puto voyeur nos estaba mirando. Era un cincuentón hijo de puta, muy veloz para su edad. Le arrojé un puñado de arena, con impotencia, acabando un buen número de esos granos en mis ojos y en mi boca. En la playa se escuchó un "Me cago en cristo!" muy sonoro, en el que reconocí mi voz, mientras me rechinaban los dientes al mascar arena. Ni que decir tiene que nos cortó el rollo, pero Belén decidió coger el toro por los cuernos y me bajó los pantalones limpiamente de un tirón. Me puso a tono rápidamente, y cuando eché mano de la cartera para buscar los condones me vino un flash mental: Alfredo me los había pedido! "Error de principiante por mi parte", pensé, "soy subnormal", añadí. A ella no pareció afectarle que no tuviera condones, y me animó a que me la follara a pelo; uno tiene sus principios y si no me gustan, los cambio en función de las circunstancias, pero pensar en la posibilidad de aparecer con un sarpullido en el rabo a los pocos días o un churumbel a los nueve meses, hicieron que me mantuviese firme. No me hizo caso; se bajó las bragas y me iba a cabalgar. Me revolví y la llamé fascista, que eso no era plan y que "yo tengo principios, ¡principios!". A ella le emocionó mi rectitud y comenzó a llorar. Sin saber muy bien qué hacer, me acerqué a ella y la pregunté qué pasaba. "Es que tuve una experiencia muy mala con un chico" confesó, "abusó de mí, y encontrar a gente como tú, para la que no todo es follar por follar, hace que me emocione". "Perfecto, la ha cogido llorona" valoré mentalmente, "que esto te sirva de lección para que otro día seas el amigo de los niños y vayas regalando los condones. Subnormal".
Totalmente flácido, fuimos a la zona de bares, parando en una esquina del camino donde meé durante lo que me pareció una eternidad. Dejé a Belén con sus extrañadas amigas (tenía todo el maquillaje corrido) y me fui. Merodeé el resto de la noche, rumiando (una vez más) mi mala suerte y cogí el primer autobús de vuelta. Alfredo no me cogía el móvil; bueno, triunfó uno, triunfó el equipo. Aquella tarde hablé con él. Había llegó 3 horas tarde al trabajo por la mañana, con una resaca de espanto. Me agradeció los condones y como respuesta lancé el móvil contra el suelo.
