Estaba lanzando a canasta en un playground público. En la cancha de al lado, había una familia prácticamente de adolescentes: chico, chica y churumbel, por su aspecto, todos ellos de Europa del Este.
Sigo practicando mi
fade-away, castigando la red, y noto una presencia en mi espalda. Es el chico: "¿Jugamos?", dice, haciendo un gesto cómplice apuntando hacia él y hacia mí. Le examino detenidamente. Lleva una camiseta de la selección lituana de fútbol, unos pantalones de camuflaje con mil bolsillos y unas sandalias de cuero. Sin calcetines. "Soy
lituano", me anuncia, evidentemente. Su corte de pelo es... atrevido. Luce un
mullet ochentero de los que hay que tener los cojones muy grandes para salir a la calle. Y empezamos a jugar.
El puto chico era la reencarnación de Kurtinaitis.
Me dio un repaso brutal, incido nuevamente que él jugaba con sandalias de cuero. Triples, ganchos, juego de pies y fundamentos característicos de la escuela lituana. Y el cabrón no se cansaba de defender.
21 - 14.
Una cura de humildad en toda regla.
"Jugamos otro día, ¿eh?".
- Sí, sí.
Sí por los cojones.
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Unas semanas más tarde, estaba nuevamente en el playground a una hora extraña, pero prefiero hacer tiro sin compartir cancha con la gente y así centrarme en la mecánica y en mi densa vida interior.
Y oigo a lo lejos el bote de un balón.
Era El
Lituano, otra vez. En este caso, venía más preparado para jugar: no llevaba sandalias, sino unas Dr Martens (sic). Viste pantalón vaquero y una camiseta del Atlético de Madrid (!!!).
- ¡Amigo! ¿Jugamos?
No eres mi amigo.
- Vale, ¿calientas?
- Un poco.
Claro, porque piensas que no te va a hacer falta, ¿eh? Cabronazo.
Hoy estoy más metido, conozco su estilo de juego, sé que es rápido, que tira bien de fuera y que se mueve como una bailarina en la zona: el hijo de puta es un fenómeno. Juego a gran nivel y vendo carísima mi derrota: 17-21.
Yo estoy desfondado pero el muy cabrón sonríe: "¿Otro?"
Soy el orgullo herido de Jack.
- ¡Venga!
14-21
Soy los pulmones de Jack, que se salen por la boca.
En el tercer tiempo, me comenta que estuvo en el ejército y es guardaespaldas y agente de seguridad. Por lo que se ve, el tipo me puede matar siete veces antes de que me caiga al suelo. Que está cabreado porque la licencia de armas que sacó en Lituania no es válida en España. Y yo que pensaba hacerle la zancadilla a lo zorro.
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Han cambiado las redes de las canasta. El fru-frú del balón resbalando sobre las cuerdas, cuando anotas limpiamente, es uno de los sonidos más bellos que existen. Y si además, como he dicho, las redes son de estreno, éstas sueltan hilillos, copos de fibra, cuando castigas la canasta con series de tiro inmaculadas.
Absorto estaba en estos pensamientos cuando apareció mi (nuestro ya) amigo El
Lituano. Hacía varios meses que no bajaba a la pista, pero su sonrisa y fundamentos siguen inmutables: 21-15. En ningún momento tuve opciones, porque esta vez el tipo venía con equipación deportiva. Se recreó en algún lance, con un caño y una canasta por detrás del tablero. Lo normal.
Puto cabrón.
En el descanso entre partido y partido, estuvimos charlando. Se marcha, vuelve a su país durante una temporada. Problemas familiares, acompañados de una precaria situación laboral aquí, exigen su presencia en Lituania (ahora, cada vez que hablo de Lituania, pienso en Chip, de "Las correcciones"). Detecté cierto tono de emoción en sus palabras, pero se repuso rápidamente. Volvimos a jugar. Contra todo pronóstico, gané 21-19. Nos despedimos chocando las manos y deseándole suerte. Me alejé pensando "no necesito tu caridad, hijo de puta".
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