Hace unos días, mientras leía el
Razón y Ser, apareció una
noticia en la prensa, anunciando el cumpleaños oficial del nacimiento de la Movida, en la que comentaban que el
"enrollado
director de la escuela (
José Antonio Torroja, padre de
Ana, la cantante de Mecano) apoyaba ese festivo jaleo". Evidentemente, por motivos cronólogicos no pude conocer al autor del libro objeto de este artículo, pero a los otros dos (
hijo de y
nieta de), los he podido conocer personalmente dentro de sus facetas profesionales, a ella en un escenario y a él, en una mesa redonda en la que comenzó con un "Buenas tardes, yo soy el Torroja que no es famoso" (que por lo que veo en la Wikipedia, lo ha utilizado mucho). Es cierto que la fama de su hija es incuestionable, pero la repercusión pública de su padre
Eduardo (creador de El Libro) es ínfima, cuando ha realizado obras impresionantes y difícilmente abordables hoy en día, tanto desde el punto de vista económico como desde el ehm...
de tenerlos bien puestos. Eso sí, te encuentras con decenas de ediciones de Taschen con
Saarien,
Lloyd Wright,
Gaudí,
El Ínclito, etc,. pero es dificilísimo encontrar retrospectivas que recojan la trayectoria de Torroja. Por eso, me sorprendió gratamente un (antiguo) volumen japonés que
conseguí sobre arquitectura e ingeniería civil contemporánea donde ponían a la misma altura (o más) a Eduardo Torroja que
Eiffel,
Freyssinet,
Maillart,
Candela,
Nervi y los
Taschensianos citados anteriormente, entre otros.


En cuanto al
Razón y Ser en sí, se trata de una obra de difícil catalogación; es básicamente una obra de divulgación, sí, pero los apellidos son bastante discutibles: ingenieril, científica, filosófica o artística. Todo ello, con una forma de expresión muy lírica y particular de principios del siglo XX, y una gran capacidad de transmitir ideas y sensaciones con las palabras precisas. Así, tan pronto se está valorando la adecuación de determinado material a un fenómeno resistente en particular:
(...) el acero ideal para las construcciones no es el hidalgo de las espadas toledanas, cuyo duro temple, si le permitía curvarse con elegante cortesía, le obligaba a quebrarse antes de aceptar una doblez. Es, por el contrario, el que, sin merma de su fortaleza, acepta el trabajo de la lima, del punzón o de la taladradora; y el que, ante un exagerado esfuerzo, sabe ceder con prudencia, y amoldarse a una forma que le permita redistribuir sus tensiones para mejor soportar la carga, manteniendo firme su tenacidad aun en el momento extremo de obligarle a rendirse.
Como se está realizando una crítica sutil a la sociedad burguesa:
(...) porque el hombre quiere, sobre su cabeza, una altura libre, tanto más grande cuanto mayor es la importancia, el cargo o la vanidad de la persona que lo desaprovecha. La desaparición de la chistera y de la araña de cristal ha coincidido con una disminución de esta tendencia.
Los pasajes que rezuman ira contenida (en los que cualquier calculista de estructuras, subordinado alguna vez a los aires de grandeza de
un artista, se puede ver perfectamente reflejado), son resueltos con gran sarcasmo:
El hombre estructural -de esta exigente intransigente raza a la que pertenece el autor- pide que le dejen colocar los soportes en algún sitio que sirvan para soportar algo, asegurando que, con suprimirlos, sólo se logrará que el usuario coloque en su lugar una estantería o un jarrón, seguramente de mal gusto; pero el artista insiste en que las columnas, en medio de la sala, son antiestéticas; y que, en fachada, necesita grandes dinteles para poder aloja, bajo ellos, los montantes de los batientes de las muchas puertas, cuyo ancho, por inadvertida excepción, sigue estando a escala con las personas. En algún caso de éstos, el técnico ha terminado por irse con su estructura sustentante a la planta de encima o huir escaleras arriba a esconderla en el desván de la cubierta, donde irá a acompañarla, algún día, el cursi del jarrón de la planta baja.
Desde luego, los capítulos en los que se entra de lleno a valorar aspectos subjetivos sobre la estética, son muy opinables. Aunque es curioso ver cómo en su tiempo (cuando se redactó el libro), la arquitectura se decantaba claramente por la línea recta cuando hoy en día no puedes considerarte una supervedette de la arquitectura si eres incapaz de diseñar una edificación sin ángulos rectos:
El arquitecto de estos últimos años ha achacado con frecuencia a la curva la blandura como calidad peyorativa; pero, en ese sentido, puede asegurarse que sólo son blandas las curvas mal trazadas y peor enlazadas. Ni aun atribuyendo virilidad a la recta y femineidad a la curva -lo que sería vanamente discutible-, podría considerarse eso como un defecto, porque ambos tipos contienen sus cánones propios de la belleza, y porque es demasiado peligroso estableces paralelismos entre cosas y conceptos tan heterogéneos. En todo caso, se antoja que la femineidad, con todas sus gracias, correspondería más a la voluble curvatura de la línea inflexa.
Me cuesta entender que, vendiéndose tan bien las obras de
Du Sautoy que ya comenté o el mismo
El Arte de la Guerra, el
Razón y Ser sea un desconocido para el lector no especializado. Queda, por tanto, un aire de triste vigencia (décadas después) en sus últimos párrafos:
Aún se escribe mucho -si bien se lee menos- del Arte y de su historia; pero queda un largo camino que andar todavía hasta que se comprenda cómo en la construcción se encierra otro género de arte, el más amplio, que abarca, no sólo el arte puro, sino también el más real que intrínsecamente acompaña a la técnica; y que la misma percepción estética no se completa sin la comprensión de las causas esenciales que dan a la obra su perfección a través de la eucrática combinación estática de todos sus elementos, y de su lógico y orgánico funcionar resistente.
Y esta técnica -hoy que precisamente la cultura media es más elevada que nunca-, no es esotérica ni abstrusa en cuanto a la valoración cualitativa de sus funciones estático-resistentes, como ha podido apreciarse a lo largo de estas páginas. Es fácil de entender y de sentir a poco esfuerzo de reflexión que en ello se ponga. Lo que falta es, simplemente, la divulgación que atraiga el interés de las gentes que no se dedican a este género de trabajos, y la conciencia, en el espíritu de los que lo cultivan, de que esa compresión exterior sería una ventaja para todos y, en especial, para ellos mismos.
Amén. Creo que, con este artículo, recojo parcialmente el testigo de esa divulgación.
Entiendo que soy un público muy fácil, porque reconozco que cuando entré por primera vez a analizar en serio las formas creadas por Eduardo Torroja, (salpicadas con frases sueltas del
Razón y Ser a lo largo de numerosas asignaturas), me sentí fascinado como cualquier niño de minibasket que ve videos de los mejores partidos de Jordan, jugados cuando ese chaval ni había nacido:

Sí, me gusté tomando apuntes, ¿y qué?. Cada loco con su tema.
PD. Mi nota final: (PL^2)/8, siendo P= 8 y L=3.