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Brigitte

Magnífico. Sentada en un sofá lleno de migas, en bragas y una camiseta usada, esperando a que se me seque el pantalón, el sujetador y la camiseta junto a una estufa. Qué hijo de puta! Podía haberme dicho que se encontraba mal antes de empezar a enrollarse conmigo. Pero no... bueno, jejeje, le he estado provocando toda la noche. Alber es un cabrón, pero está bastante bueno. A ver si se le pasa un poco la borrachera y vuelvo a la cama con él... Pondré la tele, mirar cómo se seca ropa frente a un radiador no es nada divertido.

Basura de programación.... Se ha abierto una puerta? Estará Alber ya recuperado?

- Ehm... Hola?

“Hola”. Debe ser uno de los compañeros de piso de Alber. Joder qué pinta de sobao tiene... mpprfffff, menudo esquijama de abuelete que lleva. "Soy... amiga de Alber. Me llamo Brigitte..."

- Brigitte! como una canción de Los Planetas!!

Vale, es un friki.

- Yo soy dunker. Bienvenida a este antro inmundo.

Parece que se va despejando un poco, se ha dado cuenta de que está en pijama y tiene legañas como puños junto al lagrimal. Creo que se ha arañado la cara al retirar alguna de ellas con el dorso de la mano.

- ...puta mierda...

Sí, en efecto, se ha hecho daño. Se acerca a darme dos besos. Qué alto es, no me había dado cuenta sentada en el sofá.. Joder, qué caliente tiene la cara. Este estaba como un tronco. "Perdona por despertarte al encender la tele..."

- No, no me has despertado. Me había...

Me mira las tetas. Entorna los ojos. Se acaba de dar cuenta de que no llevo sujetador y que bajo la camiseta solo llevo bragas. Jajaja, se ha ruborizado un poco... ya se recompone.

- ...ehm... me había... despertado para ver un partido de baloncesto.

Puto friki enfermo... "En qué cadena lo dan? Cambio si quieres..."

- Lo dan en canal plus, pero no, no hace falta que cambies. Tengo un programa en el ordenador para descodificar la señal.

Se siente extrañamente orgulloso cuando me lo dice. Lleva un rollo de cable en la mano. "Y ese cable, para qué es?"

- Ah, es un cable coaxial. Tengo que conectar el pc a la antena para que llegue la señal a la cpu y así el pubs pueda desencriptar la imagen codificada.

¿En qué garito de nerds estoy metida? "Qué… interesante.”

- Sí, ya… bueno… esto… y hablando de todo un poco, cómo es que estás aquí semidesnuda?

“Jaja, bueno, es una historia un poco larga, pero se resume en que el borracho de tu amigo Alber me ha echado la pota encima”.

- Ahora que lo dices, sí. Huele a vómito… Tienes frío? Quieres una manta?

Qué majo. “No, gracias, estoy bien así.” Voy a darle un poco de conversación, me aburre la tele. “Cómo es que no sales un sábado por la noche?”

- Bueno, es junio, hay exámenes y hay gente que estudiamos, no como el cabrón de Alber y su prima Celia. Celia es nuestra otra compañera de piso.

“No sales por ahí pero te levantas de madrugada a ver un partido de baloncesto. Curiosa escala de valores…”

- Hombre, he ajustado mis horas de estudio para que el partido entre dentro del ocio destinado al día. Por otro lado, claro que me gustaría emplear mi tiempo de diversión en otras cosas, pero…

Voy a provocarle, es majo y no está mal… “A qué… otras cosas… te refieres?”

- Jajaja. Esa es una frase digna de peli porno! Jajaja… cof, cof..cof, jaja

“Jajaja”. Me ha pillado y se muere de risa, aunque casi se ahoga con su propia saliva. “Para que esto fuese una película porno no deberías llevar ese pijama cutre del mundial 82, jajaja”

- Cof,cof, jajaja. Ya, ni tu una camisa de Alber de whiskey DYC. Y también faltaría la musiquilla chingona de fondo: chin-tachum-tks-tks-chin-tachum-tks-tks…. Jajaja. Luego viene la mítica escena de los azotes en el culo, así.

“Jajaja”. Está imitando la música y se pone a hacer poses con un brazo en la cadera y el otro golpeando unas nalgas imaginarias. Pone cara de salido, sacando morritos. “Jajaja, para, por favor, que me meo, jajaja”

- Qué culo tienes, guarra. Hummm… Te gusta, eh? Plas, plas.

“Jajaja”. Qué bueno. Se sienta a mi lado, también se está partiendo de risa. Me calmo poco a poco, y le miro. Hum.. es guapo. Se da cuenta de que le miro de una manera distinta. Y me sonríe.

- Tú con Alber.. qué?

“Viene a clase conmigo, hoy hemos tonteado un poco, pero nada más”. Le respondo y le miro a los ojos sonriendo. Me acerco a besarle y… me acepta. Bien. Hum.. nos estamos enrollando, esto va muy muy bien, me gusta… Creo que va a acabar la noche fantásticamente.

- Ahora vengo…

Me guiña el ojo y se va a su habitación. Supongo que va a por condones. Me voy a desnudar para esperarle preparada, voy a darle una sorpresa, jijiji.

- Pero… Qué haces desnuda?

¿Cómo…? No jodas… “Esto… yo creí…”

- Jajaja. Vaya cara de flipada que has puesto! Era broma, tonta. Ven aquí…

“Eres un hijo de puta, jajaja. Ven tú…”. Y viene. Y me entrego a los sentidos, a experimentarnos, a disfrutar.



Vaya, vaya, vaya con el friki. Quién lo iba a decir con esas pintas. Qué bien, ahora relajados, tumbados en el sofá, aún desnudos… Y ese ruido? Alber?

- Coño, debe ser Celia!

Apenas nos ha dado tiempo a taparnos los genitales y vemos a una tipa gorda… seguida de un tío feucho.

- Hola, Celia. Sí, esto es lo que parece y… coño, Diego, qué cojones haces tú…

Se ha iniciado una negociación por un pacto de silencio. Al parecer, Celia se había despistado y no contaba con que hubiera nadie en el piso. Resulta que Diego es un amigo de Alber y, claro, el pacto de silencio es porque Diego tiene novieta desde hace años. Menudo putiferio va aquí… bueno, tampoco soy la más indicada para hablar.

Celia y Diego van a la habitación de ella, en silencio. Mi ropa ya está seca, tal vez será mejor que me vaya. Oh, oh… se ha despertado Alber. Dunker se mete silenciosamente y a toda velocidad en su habitación, jojo, es como un ninja!

- Brigitte?

“Sí, estoy aquí”. Diez minutos antes y nos pilla en pelotas.

- No me encuentro muy bien. Te puedes quedar a dormir si quieres, pero mayormente como que no estoy muy por la labor…

“Vale, lo entiendo. No te preocupes. Otra vez será. Además mi ropa está ya seca, ves?”.

- Bueno. Un beso de despedida?

“Mejor no, no te lo tomes a mal, pero ya llevo el olor a pota en la ropa, gracias.”

- Oh, bueno, jeje. Ya... no pasa nada.

“Tranquilo, vete a la cama, tienes mal aspecto. Me acabo de vestir y me voy. Sí, sí. Descuida.” Finalmente se va. Acabo de vestirme y me dispongo a marcharme. No oigo nada en ninguna habitación. Voy a despedirme de Dunker. Llamo a la puerta muy suavemente. Nadie abre. Tal vez no me ha oído. Abro la puerta. En la pantalla del ordenador se ve a un negro con bigotito, trencitas en el pelo y tatuajes hasta en el cuello. Los que parecen sus compañeros de equipo le están felicitando. Dunker aparenta dormir plácidamente, sonriendo.


Grupo de enlace

Esta historia sucedió un par de años más tarde que el affaire Terrano, Jack Daniels & Reggeton. En esta ocasión, me había desplazado junto a un amigo imaginario a una localidad (a 150 km de casa) que se encontraba en fiestas patronales, de las cuáles nos habían hablado muy bien en términos lúdicos y/o sexuales (hasta el más feo follaba, al parecer). Y allí nos plantamos.

El ritual se iniciaba al atardecer, en un camping, donde toda la chavalería se arrejuntaba haciendo acopio interior de sustancias líquidas, sólidas y gaseosas; más tarde, una vez caída la noche, toda la manada acudía a la zona de bares local. Contábamos con la inestimable ayuda de un grupo de enlace infiltrado en la zona de acampada, ya que, compromisos laborales de mi amigo (llamémosle Alfredo) le exigían trabajar la mañana siguiente y, por tanto, no podíamos dormirla allí. Vistos los cojones claro que es macho, pero en aquel momento no advertimos la temeridad de iniciar una noche loca con una incierta vuelta a casa, aunque confiábamos en el servicio de autobuses y la flota de refuerzo que habían dispuesto para cubrir las necesidades del evento.

En el camping lo suyo era sentarse frente a las tiendas, beber calimocho, comer matutanos y fumar porros, lo cual hicimos con fruición para integrarnos en el ambiente. Se dio la feliz coincidencia de que frente a las iglús de nuestro grupo de enlace se encontraba un puñado de tipas, algunas de ellas bastante potables, con las que enseguida establecimos contacto visual. Alfredo, en un visto y no visto, consiguió desaparecer en el interior de una tienda con una de ellas. Me bebí un buen trago de cali a su salud: "Ja! Ese es mi Alfredo", pensé, "y ahora me toca a mí". Había echado el ojo a una de ellas (llamémosla Ana) y ahí fui, gateando los tres metros que nos separaban hasta sentarme entre ella y una de sus amigas (llamémosla Belén), que no estaba mal: era más fea que Ana, pero tenía las tetas más gordas.

Animadamente transcurrieron los minutos, sintiéndome ingenioso, con chispa y con los primeros toqueteos de muslos en ese modo inocente que suele acabar con azotes en el trasero y pelos rizados entre los dientes. Si bien mis jueguecillos de manos iban principalmente dirigidos a Ana, que me seguía el juego, también tonteé con Belén y era esta última la que más establecía contacto físico con esa naturalidad tan descuidada pero tan bien aprendida. Como ya he dicho antes, esta anécdota es posterior a mi encuentro con Ainoha y Begoña, por lo que era bastante escéptico frente a la posibilidad de acabar la velada con ellas dos. Así que me centré definitivamente en Ana.

Había anochecido, señal para abandonar el campamento y mantener la borrachera en los bares. Ya tenía ganas de un Jack Daniels. Eché una última mirada a la tienda donde seguía Alfredo y sonreí al alejarme. El camping estaba a unos diez minutos a pie del pueblo, y el camino discurría paralelo a la costa. A los cinco minutos de trayecto, a la altura de una de las entradas a la playa, Ana me hizo un aparte y me susurró al oído: "Me da un poco de corte decírtelo, pero... Te gusta Belén? Porque tú a ella sí...". Jarro de agua tibia. Con el rabillo del ojo vi a mi pretendienta esperando la respuesta, que no pudo ser otra que: "Claro! Me gusta mucho!". Al poco, entraba de la mano de Belén en la playa, sonriendo y mirando sus tetas con descaro.

Encontramos una duna a nuestro gusto, con una pendiente apta para hacer locuras y sin hierbas puntiagudas de esas que te hacen mentar a la virgen María en el momento más inoportuno. Tras los besos y repasos táctiles sobre ropa, tomé sus pechos con las manos y ¡joder! eran las tetas más duras que he tocado en mi vida. Fantásticas. Decidí visitarlas con la boca, pero me llevé la amarga sorpresa de que sus pezones tenían una aureola con pelos demasiado largos para mi gusto. "En fin, qué se le va a hacer" me dije a mí mismo con profesionalidad.

De repente, Belén lanzó un grito que me acojonó: un puto voyeur nos estaba mirando. Era un cincuentón hijo de puta, muy veloz para su edad. Le arrojé un puñado de arena, con impotencia, acabando un buen número de esos granos en mis ojos y en mi boca. En la playa se escuchó un "Me cago en cristo!" muy sonoro, en el que reconocí mi voz, mientras me rechinaban los dientes al mascar arena. Ni que decir tiene que nos cortó el rollo, pero Belén decidió coger el toro por los cuernos y me bajó los pantalones limpiamente de un tirón. Me puso a tono rápidamente, y cuando eché mano de la cartera para buscar los condones me vino un flash mental: Alfredo me los había pedido! "Error de principiante por mi parte", pensé, "soy subnormal", añadí. A ella no pareció afectarle que no tuviera condones, y me animó a que me la follara a pelo; uno tiene sus principios y si no me gustan, los cambio en función de las circunstancias, pero pensar en la posibilidad de aparecer con un sarpullido en el rabo a los pocos días o un churumbel a los nueve meses, hicieron que me mantuviese firme. No me hizo caso; se bajó las bragas y me iba a cabalgar. Me revolví y la llamé fascista, que eso no era plan y que "yo tengo principios, ¡principios!". A ella le emocionó mi rectitud y comenzó a llorar. Sin saber muy bien qué hacer, me acerqué a ella y la pregunté qué pasaba. "Es que tuve una experiencia muy mala con un chico" confesó, "abusó de mí, y encontrar a gente como tú, para la que no todo es follar por follar, hace que me emocione". "Perfecto, la ha cogido llorona" valoré mentalmente, "que esto te sirva de lección para que otro día seas el amigo de los niños y vayas regalando los condones. Subnormal".

Totalmente flácido, fuimos a la zona de bares, parando en una esquina del camino donde meé durante lo que me pareció una eternidad. Dejé a Belén con sus extrañadas amigas (tenía todo el maquillaje corrido) y me fui. Merodeé el resto de la noche, rumiando (una vez más) mi mala suerte y cogí el primer autobús de vuelta. Alfredo no me cogía el móvil; bueno, triunfó uno, triunfó el equipo. Aquella tarde hablé con él. Había llegó 3 horas tarde al trabajo por la mañana, con una resaca de espanto. Me agradeció los condones y como respuesta lancé el móvil contra el suelo.


Terrano, Jack Daniels & Reggeton

Era, como no podía ser de otra forma, un sábado por la noche. Jack Daniels con hielo. Chicas monas. Yo solo, sin amigos. (En este punto abro un pequeño paréntesis para aclarar que me toca los cojones el bote. Estoy totalmente en contra de los botes. En mi nivel de odio tutea a los cabrones que rompen retrovisores y a los tunos. El tonto de los cojones que lleva el bote siempre se encuentra con miles de conocidos y tienes que esperar a que acabe de decir bobadas... puto subnomal... Por este motivo, me suelo descolgar en época de berrea del grupeto del bote. Y así bebo lo que me apetece cuando me apetece, sin tener que esperar a naiden!)

En eso que me fijo en una esquina del bar, donde dos tipas están montando un pseudonumerito lésbico con una canción putamierda de esas del reggggggeton. Con una erección prometedora y 5 bourbons templando el estómago, apuré de un trago los 3/4 del sexto Jack Daniels, consiguiendo que me llorasen los ojos al tragar al mismo tiempo tres hielos semidesechos. Tras casi perder el equilibro tres veces por las babas supuradas por una horda de pestilentes mozos bajados de las montañas (de estiercol), hice lo que ninguno de ellos pudo imaginar: hablar con las chicas. Al fin y al cabo, son solo tíos sin pito y con tetas, y yo no huelo a mierda de vaca, ¿qué me podía pasar?

Las hice una breve inspección visual: la alta (la llamaremos Ainoha) lucía un vestido blanco ajustado, generoso en escote y era de las que bailan con los brazos hacia arriba y la cabeza a un lado, moviendo las caderas. La baja (la llamaremos Begoña) era más perrofláutica, lucía tatuaje y ombligo, pero en plan higiénica y con sobacos depilados. El corte de flequillo con cuchilla me da(ba) un poco por el saco, pero estaba bastante buena y su baile era estilo "estoy cabalgando, pero me encantaría que fuese encima de una polla". Perfecto.

Con la facilidad que te da una castaña llevadera y un saber estar innato, comencé a camelármelas con una suave cadencia digna de un barco navegando en un temporal con mar arbolada. No fumo cigarrillos, pero siempre me gusta pedir a las chicas para ver cómo los extraen de la caja con los dedos y si me miran a los ojos cuando me dan fuego. Si se quema medio cigarrilo por debajo es señal de que en menos de media hora estaré con el culo al aire y la espalda perlada en sudor. Pedí el tabaco a Ainoha, pero lo llevaba Begoña en su riñonera de lana (sic). Hablaron entre ellas al oído, porque la puta música tenía un volumen infernal. Supuse que Ainoha pedía el tabaco y el encendedor pero observé miradas furtivas hacia mí, risitas y algún aspaviento. Pasmosamente contemplé cómo al final de su conversación, se acercaron las dos; Begoña me dio el cigarrillo (con dos dedos, con las uñas hacia mí, como me gusta) y cuando lo tomé con mis labios, las tipas tenían sendos encendedores. Siempre mirándome a los ojos, me preguntaron: "¿quieres que te demos... fuego?". Yo las señales femeninas no las suelo pillar al vuelo, pero en esa ocasión vi claramente que aquella noche me podía consagrar definitivamente al cepillarmelas a la vez.

Hay un lapso que no recuerdo muy bien, probablemente porque me llegaba poca sangre al selebro y ya me preparaba mentalmente para el despliegue físico que se avecinaba. Sé que tomamos una copa más y que Ainoha estaba cachonda como una perra, y borracha, también.

Ganamos la puerta del bar atravesando el grupo hediondo sin resultar más lastimado que un codazo (supongo) accidental en las costillas y miradas desaprobatorias. Creo que alguno masculló un "Me cago en dios, ¿le molemos a palos?", pero me hice el despistado.

De camino al coche, estaba ya todo el pescado vendido: nos dirigíamos a casa de los padres de una de ellas (más tarde concluí que los de Ainoha), que la habían dejado venirse el finde con su amiga y allí se perpetraría sexo salvaje. Mientras ésta se tambaleaba peligrosamente buscando las llaves del coche en la riñonera de marras, Begoña metió su mano discretamente en uno de mis bolsillos traseros, y me magreó un poco el culo. Estúpidamente, no se me ocurrió otra cosa que decirla: "Eh! No me robes la cartera del otro bolsillo. Sé cómo es la gente de tu calaña" o alguna subnormalidad así que en la bruma etílica consideré el summun del humor de vanguardia. No obstante, la cara de Begoña se salió de rango, una mixtura de ira, sorpresa e incredulidad. Se dirigió hasta Ainoha y empezaron a hablar en euskera (creo), idioma que desconozco a la perfección, aunque alguna palabra suelta pillaba como "erchaina" o "cámpora". En ese punto estaba claro que a Begoña ya no me la follaba, porque se quedó a una distancia de unos 5 metros, acercándose Ainoha como mediadora. Se cayó dos veces en ese trayecto, pero cuando consiguió recuperar un equilibrio inestable más o menos duradero me confirmó que Begoña se iba a casa y que yo, si tal, me la follaba a ella nada más. "Qué la pasa?", inquirí. "Nada, que se le ha metido en la cabeza que te conoce de una cosa y... déjala, déjala", respondió, esquiva. Coño, pues yo no la recordaba de nada.

En la puerta del coche (un Terrano) volvieron a discutir y Begoña solo se quedó tranquila cuando cogió algo del maletero y se sentó en la parte de detrás, justo a mi espalda. Ainoha jodió dos coches en una curva tomada con demasiada agresividad, pero yo ni me inmuté porque ya me estaba familiarizando con las posibilidades de ese espacioso todo terreno. Aparcamos en la residencia y nuevamente discutieron. Metí baza yo, y dije que se fuese a casa y me dejase con Ainoha. "Eso es lo que quieres, no? Separarnos, crear discordia entre nosotras. Sí, ahora estoy segura de que eres quien creo que eres". Me lo tomé a risa, lo que la enfureció más y Ainoha tuvo que sujetar a Begoña, que no sé qué quería hacerme. Finalmente, la perrofláutica del flequillo se marchó a casa y nos quedamos solos en el Terrano Ainoha y yo. Comenzó la cosa muy prometedoramente, pero a los 15 minutos de preliminares la muy hija de puta dormía profundamente. La zarandeé, primero con sutileza y después como a una máquina que se ha tragado tu dinero, pero ni por esas. Bajé todo lo dignamente que pude del Terrano y pegué un portazo que casi lo hago volcar de lado, y aún así, la cabrona continuó como un tronco.

Tuve que reconocer, mientras me alejaba del coche, que otra noche más me volvía de vacío a casa, pero un taxi libre a la salida del parking de la residencia me hizo acabar la velada con una sonrisa. "Bueno, una noche curiosa", pensé. Llegué a casa, me masturbé y me dormí en calcetines.

Meses más tarde vi en un Telediario que habían detenido a un comando itinerante de ETA. Al mostrar las fotografías reconocí a Begoña, que era una de las detenidas. Fría, sanguinaria y no sé qué decían. Aún hoy no sé si estuve más cerca de morir o de follármela. A Ainoha la suelo ver de vez en cuando, en puentes o veranos. No nos hablamos, ni me mira a la cara. No sé si es porque estaba muy borracha y no recuerda aquella noche o porque siempre está pendiente de sus dos hijos, que corretean entre risas a su alrededor.