Diario de una relación inexistente: día 17
Hasta ayer no había estado nunca en Su casa; tenía su dirección, pero Heia se empeñaba siempre en venir a buscarme. El marronazo de que Heia y su ex tenían un piso a medias me hacía sospechar que había algo raro, por lo que insistí en que nos viéramos en Su piso, que ya estaba harto de aparearnos hecho un cuatro y en lugares infames para una persona de mi catadura moral y volumen. Así que quedamos en Su casa, para cenar, ver una peli, mantita y lo que surja: Planazo.
En efecto, nada más entrar, darnos el piquito de salutación, entró el Batista del barrio de muy mala hostia.
- ¿Este es el puto negro gordo cabrón? -bramó. Por lo menos ese animal me insulta con agudeza, plagiando a Guy Ritchie, sí, pero con agudeza. No sé por qué, pero prefiero que me dé una paliza alguien con cierta talla intelectual; supongo que es similar a elegir que te pase por encima un Ferrari F-40 a un Seat 127: cuestión de imagen-.
- ¿Me estabas espiando? Habíamos quedado en que no nos íbamos a molestar -replica Heia muy alterada-. Que íbamos a llevar la convivencia sin problemas.
- Pero no dijimos nada de que un negro de mierda venga a mi casa a follar contigo.
- Bueno, no digamos cosas de las que luego nos arrepintamos -solté como un deficiente mental que ha visto demasiadas películas de malentendidos-.
- Tú sí que te vas a arrepentir. ¿Sabes que es ninfómana?
Yo había comenzado a protegerme para un ataque físico, por lo que ese anuncio me cogió totalmente desprevenido a nivel verbal.
- Agh, sí, ehmcof, cof. ¡Jajaja! Cof.
Dicho lo cual me quedé en silencio durante algunos minutos, expectante ante la discusión de la expareja. Batista acusaba a Heia de que, tras haberse consentido mutuamente todo tipo de infidelidades (porque al parecer él también se calzaba a todo lo que se movía), lo de que Heia se dejase de ver con un chimpancé mórbido (se refería a mí) era prácticamente insostenible para la reputación ante sus amigos, pero que Heia utilizase su casa común, a la vista de todo el mundo, para zumbarse a ese imbécil (seguía hablando de mí), era la gota que colmaba el vaso.
Heia asentía con la cabeza, y solo dijo tres palabras que me sentaron como un jarro de agua fría (y una patada en los cojones):
- Vale. Lo siento.
- ¿Cómo?¿Es todo eso cierto? -pregunté con timidez, amargura y al borde del llanto-.
Heia me sostiene una mirada altiva, con suficiencia, por toda respuesta.
- Esto es demasiado para mí. Me retiro.
Y en la puerta, añadí:
- ¿Tus orgasmos eran fingidos?
No obtuve respuesta.
Anoche mandé un SMS a Heia, que si es verdad que era ninfómana podíamos seguir viéndonos pero, y eso que quede bien claro, solo para follar.
Todavía no me ha respondido.
(Continuará)
- ¿Este es el puto negro gordo cabrón? -bramó. Por lo menos ese animal me insulta con agudeza, plagiando a Guy Ritchie, sí, pero con agudeza. No sé por qué, pero prefiero que me dé una paliza alguien con cierta talla intelectual; supongo que es similar a elegir que te pase por encima un Ferrari F-40 a un Seat 127: cuestión de imagen-.
- ¿Me estabas espiando? Habíamos quedado en que no nos íbamos a molestar -replica Heia muy alterada-. Que íbamos a llevar la convivencia sin problemas.
- Pero no dijimos nada de que un negro de mierda venga a mi casa a follar contigo.
- Bueno, no digamos cosas de las que luego nos arrepintamos -solté como un deficiente mental que ha visto demasiadas películas de malentendidos-.
- Tú sí que te vas a arrepentir. ¿Sabes que es ninfómana?
Yo había comenzado a protegerme para un ataque físico, por lo que ese anuncio me cogió totalmente desprevenido a nivel verbal.
- Agh, sí, ehmcof, cof. ¡Jajaja! Cof.
Dicho lo cual me quedé en silencio durante algunos minutos, expectante ante la discusión de la expareja. Batista acusaba a Heia de que, tras haberse consentido mutuamente todo tipo de infidelidades (porque al parecer él también se calzaba a todo lo que se movía), lo de que Heia se dejase de ver con un chimpancé mórbido (se refería a mí) era prácticamente insostenible para la reputación ante sus amigos, pero que Heia utilizase su casa común, a la vista de todo el mundo, para zumbarse a ese imbécil (seguía hablando de mí), era la gota que colmaba el vaso.
Heia asentía con la cabeza, y solo dijo tres palabras que me sentaron como un jarro de agua fría (y una patada en los cojones):
- Vale. Lo siento.
- ¿Cómo?¿Es todo eso cierto? -pregunté con timidez, amargura y al borde del llanto-.
Heia me sostiene una mirada altiva, con suficiencia, por toda respuesta.
- Esto es demasiado para mí. Me retiro.
Y en la puerta, añadí:
- ¿Tus orgasmos eran fingidos?
No obtuve respuesta.
Anoche mandé un SMS a Heia, que si es verdad que era ninfómana podíamos seguir viéndonos pero, y eso que quede bien claro, solo para follar.
Todavía no me ha respondido.
(Continuará)

No hay comentarios:
Publicar un comentario