Granada: Un buen día (y medio) - Toma 1
Después de nueve horas y mil (1000) kilómetros con solo una parada en Valladolid para recoger a Amoroso (le llamaremos Amoroso) y dos paradas en la tierruca para recoger a Blas (Blas) y Caleb (Caleb); el coche, conducido desde una ignota población norteña por Demetrio (Demetrio), llegó a Granada, punto de destino del viaje relámpago. No obstante, la entrada en el hotel se demoró casi una hora porque Demetrio se empeñó en girar a la izquierda en un cruce cuando el sentido común y la tecnología (geoposicionamiento global por satélite) decían lo contrario, desembocando en una espiral de calles de sentido único que crispó los cansados nervios de los otros tres integrantes del grupo. Cuarenta y tres minutos de reloj más tarde, que en palabras de Demetrio realmente fueron "diez minutos callejeando por un pequeño despiste", firmaron en el hotel y fueron a las habitaciones a dejar las maletas, para asearse un poco y salir inmediatamente. Con las prisas, Caleb confundió el orden de las reglas de higiene elemental, aplicándose el desodorante en el sobaco y lavándose después.
La primera parada de la noche era el conjunto arquitectónico de la Alhambra, idea de Demetrio como contrapunto romántico-cultural al fin de semana de excesos. El taxi, pilotado sabiamente por un hombre que mientras conducía reposaba su axila sobre la portezuela del coche y con conversación lenta e ininteligible -un clásico en Granada-, serpenteó a toda velocidad por las calles de la ciudad hasta las puertas del complejo donde, ya a pié, continuó la loca carrera por entrar antes del cierre (las entradas se reservaron para las 22 horas y habían pasado ya 19 minutos de esa hora). Con tantas prisas, Amoroso se extravió y se acopló a un grupo de turistas ingleses. La diferencia de lengua no le resultó extraña ni que no estuviesen en el grupo ninguno de sus amigos, porque éstos tuvieron que volver atrás a por él. Finalmente entraron en los Palacios Nazaríes donde estuvieron paseando durante cerca de una hora, comentando la exhibición de fuerza y destreza de las tallas en mármol (aunque "son muchos metros cuadrados, se podría negociar un buen precio") e intentando en vano hacer una fotografía digna sin flash.
Con los ecos de fondo de un par de espectáculos flamencos de Sacromonte, consideraron que ya estaba bien de embriagarse en la cultura de Al-Andalus y utilizar ese verbo en su contexto primigenio. La primera parada de la noche se produjo en el Antigualla, bar conocido -como muchos otros de Granada, por cierto- por que si pides un vino te dan de tapa un bocadillo (primeras) o una hamburguesa (segundas) o un sandwich (terceras). Cayeron las tres rondas. Un breve paso por un antro de aires cubanos en el que tuvieron ocasión de degustar un mojito bastante regulero fue la última parada antes de comenzar el objetivo del viaje: seguir la ruta indie de Granada con la esperanza de encontrarnos con algún artista local o al menos, escuchar buena música.
El Servicio de Documentación del Área de Organización del Viaje utilizó todas sus armas de investigación (buscar en Google) para llegar a la conclusión de que la primera parada debía ser el Ruido Rosa. Se produjeron unas breves escenas de pánico cuando al recorrer de principio a fin la calle Sol no se localizó el bar, aunque en una segunda batida con los ocho ojos bien abiertos consiguieron distinguir la entrada, que se encontraba en un sótano.
Durante toda la tarde habían fantaseado sobre un posible encuentro con el gran gurú K (le llamaremos K), que si resultaría imposible encontrarse con él por ahí, que si no tiene otros pitos que tocar. Pero nada más abrir la puerta, pese a que el bar estaba prácticamente lleno, Caleb susurró: "Ahí está K. Al fondo. Creo que es él." Blas fue incapaz de seguir las indicaciones visuales de Caleb, que afinó más: "Es K. Fijo". Solo cuando K, para ganar la posición junto a un grupo de féminas, empezó a taladrar con los codos la espalda de Blas, este tuvo que reconocer que, efectivamente, era Él. En defensa de la vista de Blas, hay que dejar constancia de que el Artista despistaba un poquito porque está experimentando un arriesgado nuevo look con barba rala.
Caleb y Blas, fans declarados del grupo de K. no cabían en sí de gozo (“El primer bar de la lista, el primer día y nos encontramos con Él!”), mientras que Amoroso y Demetrio se mostraron más escépticos. “Qué feo es”, comentó el primero. Demetrio fue más allá del simple aspecto físico y discutió su elegancia: “El llevar camisetas de manga larga denota una alarmante falta de estilo. Además, la que tiene puesta parece un pijama.” Sea como sea, K, ajeno a estas críticas, se estaba trabajando pacientemente a una señorita objetivamente bien parecida e indiscutiblemente de metro ochenta.
El resto de la concurrencia llevaba discretamente la presencia del divo, excepto unos personajes claramente foráneos que, emocionados, solicitaron un autógrafo de K y cruzaron dos frases con Él. Blas y Caleb intercambiaron opiniones sobre la fama y la paciencia, pero en todo caso se jactaron de que ellos no eran del tipo de gente que irrumpe en las conversaciones de nadie (por muy ídolo tuyo que sea), y mucho menos cuando a todas luces está comiendo la oreja a la tipa más llamativa del lugar.
Los minutos fueron pasando apaciblemente, entre combinados de alcohol con cocacola light, negociaciones de Amoroso con la camarera fashion sobre el precio de la quinta ronda o, en su defecto chupito gratis, y una discusión sobre el origen del nombre del local (Ruido Rosa) sobre el que se concluyó que era una especie de homenaje a Pink Floyd porque de PigNoise seguro que no. De pronto, de la nada apareció una chica frente a Caleb con un papel y un bolígrafo, y le solicitó un autógrafo. Estupefacto, no se le ocurrió preguntar más que “¿Por qué?”, a lo que la sorprendida muchacha respondió “Bueno, eres el cantante de Los Planetas, ¿no? Mi amiga, que está ahí, me ha dicho que te pida un autógrafo, es muy fans tuya”. Caleb se lo tomó a risa “Jajaja. No, yo no soy K. Es ese de ahí”. La muchacha viró en un segundo hacia donde le indicaba el dedo de Caleb y solicitó una dedicatoria al músico, que estampó una enorme k mayúscula y un garabato. Puede que la euforia de la quinta ronda fuese la gran culpable, pero Blas y Caleb, olvidando sus propios principios, se abalanzaron sobre K y rompieron a hablar con Él. Caleb le explicó el viaje de mil kilómetros que acababan de realizar, el malentendido del autógrafo y que habían venido a ver si se encontraban con alguno de ellos (Demetrio murmuró entre dientes "...no solo a eso, joder"), mientras que Blas, exultante y con afán de protagonismo dijo que era a él a quién le habían confundido con K y que “hemos venido escuchándoos todo el camino”. El Artista, lacónico como siempre, respondió a esto último: “Buena elección”. Fueron sus únicas palabras en la conversación, mostrándose no obstante sonriente y divertido. Puede que el motivo de su felicidad fuese que, un minuto después, saliese del bar de la mano de la tipa que tan (aparentemente) bien se había trabajado. “Qué crack” tuvo que reconocer Amoroso.
Mientras pasaba la emoción del momento, Caleb se fue dando cuenta poco a poco que no había nada de lo que enorgullecerse por haber sido confundido con K, hombre de talento pero (muy) poco agraciado por no decir que es unos 20 cm más bajo, una decena de años más viejo y bastante perjudicado por la noche granadina. Pero lo más triste para él es que no fue el único que se percató de esa circunstancia, ya que un grupo de muchachas lo habían visto todo y se estaban muriendo de risa. A su costa, además. Se aproximaron y entablaron una alegre conversación sobre el perfil griego de K y su caída de ojos e ironizaron sobre la leyenda urbana (vía foro del FIB) del energúmeno que había cedido su novia al Artista para que éste gozara de sexo oral. Más tarde, para compensar las burlas iniciales, simularon pedir un autógrafo a Caleb para que recuperase su autoestima, pero el mal ya estaba hecho y el disgusto le duró una hora. Afortunadamente la ingesta de alcohol iba viento en popa y cuando en el Ruido Rosa cerró, fueron todos bastante animados al Sugar Pop a continuar la noche.
Hay que destacar que durante la estancia en el Sugar Pop se volvió a dejar ver la grouppie escultural pero esta vez de la mano de otro tipo, lo que llevó a Amoroso a exponer sobre la marcha una complicada teoría sobre la potencia sexual de K. El propio Amoroso se estaba haciendo el amo de la pista cuando el reloj marcaba más de las seis de la mañana y el contador de ron con cocacola había superado cómodamente las dobles figuras por persona. En ese momento, los otros tres integrantes del grupo consideraron oportuno comer algo en uno de los miles de Kebabs abiertos a esas horas. Finalmente, tras un pequeño paseo "de 10 minutos" (Demetrio dixit) llegaron al hotel donde durmieron el sueño de los justos.
La primera parada de la noche era el conjunto arquitectónico de la Alhambra, idea de Demetrio como contrapunto romántico-cultural al fin de semana de excesos. El taxi, pilotado sabiamente por un hombre que mientras conducía reposaba su axila sobre la portezuela del coche y con conversación lenta e ininteligible -un clásico en Granada-, serpenteó a toda velocidad por las calles de la ciudad hasta las puertas del complejo donde, ya a pié, continuó la loca carrera por entrar antes del cierre (las entradas se reservaron para las 22 horas y habían pasado ya 19 minutos de esa hora). Con tantas prisas, Amoroso se extravió y se acopló a un grupo de turistas ingleses. La diferencia de lengua no le resultó extraña ni que no estuviesen en el grupo ninguno de sus amigos, porque éstos tuvieron que volver atrás a por él. Finalmente entraron en los Palacios Nazaríes donde estuvieron paseando durante cerca de una hora, comentando la exhibición de fuerza y destreza de las tallas en mármol (aunque "son muchos metros cuadrados, se podría negociar un buen precio") e intentando en vano hacer una fotografía digna sin flash.
Con los ecos de fondo de un par de espectáculos flamencos de Sacromonte, consideraron que ya estaba bien de embriagarse en la cultura de Al-Andalus y utilizar ese verbo en su contexto primigenio. La primera parada de la noche se produjo en el Antigualla, bar conocido -como muchos otros de Granada, por cierto- por que si pides un vino te dan de tapa un bocadillo (primeras) o una hamburguesa (segundas) o un sandwich (terceras). Cayeron las tres rondas. Un breve paso por un antro de aires cubanos en el que tuvieron ocasión de degustar un mojito bastante regulero fue la última parada antes de comenzar el objetivo del viaje: seguir la ruta indie de Granada con la esperanza de encontrarnos con algún artista local o al menos, escuchar buena música.
El Servicio de Documentación del Área de Organización del Viaje utilizó todas sus armas de investigación (buscar en Google) para llegar a la conclusión de que la primera parada debía ser el Ruido Rosa. Se produjeron unas breves escenas de pánico cuando al recorrer de principio a fin la calle Sol no se localizó el bar, aunque en una segunda batida con los ocho ojos bien abiertos consiguieron distinguir la entrada, que se encontraba en un sótano.
Durante toda la tarde habían fantaseado sobre un posible encuentro con el gran gurú K (le llamaremos K), que si resultaría imposible encontrarse con él por ahí, que si no tiene otros pitos que tocar. Pero nada más abrir la puerta, pese a que el bar estaba prácticamente lleno, Caleb susurró: "Ahí está K. Al fondo. Creo que es él." Blas fue incapaz de seguir las indicaciones visuales de Caleb, que afinó más: "Es K. Fijo". Solo cuando K, para ganar la posición junto a un grupo de féminas, empezó a taladrar con los codos la espalda de Blas, este tuvo que reconocer que, efectivamente, era Él. En defensa de la vista de Blas, hay que dejar constancia de que el Artista despistaba un poquito porque está experimentando un arriesgado nuevo look con barba rala.
Caleb y Blas, fans declarados del grupo de K. no cabían en sí de gozo (“El primer bar de la lista, el primer día y nos encontramos con Él!”), mientras que Amoroso y Demetrio se mostraron más escépticos. “Qué feo es”, comentó el primero. Demetrio fue más allá del simple aspecto físico y discutió su elegancia: “El llevar camisetas de manga larga denota una alarmante falta de estilo. Además, la que tiene puesta parece un pijama.” Sea como sea, K, ajeno a estas críticas, se estaba trabajando pacientemente a una señorita objetivamente bien parecida e indiscutiblemente de metro ochenta.
El resto de la concurrencia llevaba discretamente la presencia del divo, excepto unos personajes claramente foráneos que, emocionados, solicitaron un autógrafo de K y cruzaron dos frases con Él. Blas y Caleb intercambiaron opiniones sobre la fama y la paciencia, pero en todo caso se jactaron de que ellos no eran del tipo de gente que irrumpe en las conversaciones de nadie (por muy ídolo tuyo que sea), y mucho menos cuando a todas luces está comiendo la oreja a la tipa más llamativa del lugar.
Los minutos fueron pasando apaciblemente, entre combinados de alcohol con cocacola light, negociaciones de Amoroso con la camarera fashion sobre el precio de la quinta ronda o, en su defecto chupito gratis, y una discusión sobre el origen del nombre del local (Ruido Rosa) sobre el que se concluyó que era una especie de homenaje a Pink Floyd porque de PigNoise seguro que no. De pronto, de la nada apareció una chica frente a Caleb con un papel y un bolígrafo, y le solicitó un autógrafo. Estupefacto, no se le ocurrió preguntar más que “¿Por qué?”, a lo que la sorprendida muchacha respondió “Bueno, eres el cantante de Los Planetas, ¿no? Mi amiga, que está ahí, me ha dicho que te pida un autógrafo, es muy fans tuya”. Caleb se lo tomó a risa “Jajaja. No, yo no soy K. Es ese de ahí”. La muchacha viró en un segundo hacia donde le indicaba el dedo de Caleb y solicitó una dedicatoria al músico, que estampó una enorme k mayúscula y un garabato. Puede que la euforia de la quinta ronda fuese la gran culpable, pero Blas y Caleb, olvidando sus propios principios, se abalanzaron sobre K y rompieron a hablar con Él. Caleb le explicó el viaje de mil kilómetros que acababan de realizar, el malentendido del autógrafo y que habían venido a ver si se encontraban con alguno de ellos (Demetrio murmuró entre dientes "...no solo a eso, joder"), mientras que Blas, exultante y con afán de protagonismo dijo que era a él a quién le habían confundido con K y que “hemos venido escuchándoos todo el camino”. El Artista, lacónico como siempre, respondió a esto último: “Buena elección”. Fueron sus únicas palabras en la conversación, mostrándose no obstante sonriente y divertido. Puede que el motivo de su felicidad fuese que, un minuto después, saliese del bar de la mano de la tipa que tan (aparentemente) bien se había trabajado. “Qué crack” tuvo que reconocer Amoroso.
Mientras pasaba la emoción del momento, Caleb se fue dando cuenta poco a poco que no había nada de lo que enorgullecerse por haber sido confundido con K, hombre de talento pero (muy) poco agraciado por no decir que es unos 20 cm más bajo, una decena de años más viejo y bastante perjudicado por la noche granadina. Pero lo más triste para él es que no fue el único que se percató de esa circunstancia, ya que un grupo de muchachas lo habían visto todo y se estaban muriendo de risa. A su costa, además. Se aproximaron y entablaron una alegre conversación sobre el perfil griego de K y su caída de ojos e ironizaron sobre la leyenda urbana (vía foro del FIB) del energúmeno que había cedido su novia al Artista para que éste gozara de sexo oral. Más tarde, para compensar las burlas iniciales, simularon pedir un autógrafo a Caleb para que recuperase su autoestima, pero el mal ya estaba hecho y el disgusto le duró una hora. Afortunadamente la ingesta de alcohol iba viento en popa y cuando en el Ruido Rosa cerró, fueron todos bastante animados al Sugar Pop a continuar la noche.
Hay que destacar que durante la estancia en el Sugar Pop se volvió a dejar ver la grouppie escultural pero esta vez de la mano de otro tipo, lo que llevó a Amoroso a exponer sobre la marcha una complicada teoría sobre la potencia sexual de K. El propio Amoroso se estaba haciendo el amo de la pista cuando el reloj marcaba más de las seis de la mañana y el contador de ron con cocacola había superado cómodamente las dobles figuras por persona. En ese momento, los otros tres integrantes del grupo consideraron oportuno comer algo en uno de los miles de Kebabs abiertos a esas horas. Finalmente, tras un pequeño paseo "de 10 minutos" (Demetrio dixit) llegaron al hotel donde durmieron el sueño de los justos.

2 comentarios:
Compañeros...creo que en el repostaje confundisteis la gasolina con el güiski con cola light... de ahí tanto equívoco...
Salud,
Lucas
Elegimos un mal finde para dejar de beber.
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