Granada: Un buen día (y medio) - Toma 2

El día amaneció pronto en la habitación 116, la utilizada por Caleb y Amoroso. La cafeína de las cocacolas light se hizo sentir y si bien se habían acostado sobre las 7, a las 10:30 Amoroso ya estaba en la ducha. Mientras tanto, Caleb se quería morir: una fina película de sudor frío le cubría de pies a cabeza, con acelerones irregulares en su ritmo cardíaco. Padecía lo que posteriormente denominó Blas como "una pálida de libro". El afectado tuvo que asomarse por la ventana para tomar el fresco y se entretuvo mirando a un par de muchachas de apariencia árabe que pedían limosna. "Me cambiaba ahora mismo por ellas", pensó Caleb; "me muero, me cago en la puta..." a duras penas articuló. Por fortuna para él, en cuanto pudo disponer del servicio pasó lo peor, encontrándose media hora más tarde afeitado, duchado y con mejor cuerpo.

Blas, Caleb y Amoroso decidieron dar una vuelta por la ciudad antes de comer, mientras que Demetrio prefirió seguir planchando la almohada con la oreja; éste, animal nocturno, no encontró otro momento mejor para inspirarse en sus disertaciones sobre la vida que las 7 de la mañana, la hora de llegada de la noche anterior. Cuando, según sus propias palabras, "más brillantes estaban siendo mis razonamientos", se percató de que Blas llevaba dormido varios minutos, tal y como delataba su regular ritmo de respiración y el hilo de saliva que se deslizaba plácidamente por la comisura de sus labios. Frustrado, se refugió en la lectura de un libro, lo que le llevó a retrasar el abrazo de Morfeo casi una hora, motivo por el cuál declinó la oferta para dar un paseo matutino ("iros a tomar por culo" fue su respuesta exacta cuando le preguntaron al respecto).

Los tres fueron callejeando y realizando compras ocasionales. Así, Caleb se compró una camiseta porque la de la noche anterior olía a perros muertos y solo le quedaba limpia una del grupo de K y "sería de paletos encontrarse con Él nuevamente llevando esa camiseta". Por su parte, Amoroso también compró algo de ropa y una pantera de bronce de recuerdo (???).

Ya con Demetrio reintegrado al grupo, comieron en una terraza; aún hoy están esperando unos daiquiris que ofreció el camarero, buen conversador pero mal profesional. Volvieron al hotel donde echaron una siesta de pijama y orinal, saliendo con el tiempo justo para visitar el Amador antes de la cena.

Siempre voy al Amador, por si apareces.


El local en sí era curiosillo, como el típico bar de vinos pero con abundancia de color negro y flyers de conciertos: la fauna lógica del lugar podría haber sido gafapastas jugando al dominó. Nuestro cuatro protagonistas se asentaron en una esquina del local donde tomaron una ronda y una tapa, para ir entonando el estómago. La peculiar distribución del bar les permitía observar a través de las ventanas a las viandantes mientras apuraban sus consumiciones, lo que dio pié para retomar la conversación sobre la belleza intrínseca de la mujer granadina.

Tras consultar sus relojes y comprobar que aún les quedaba tiempo para otra ronda, pararon en la Casa de la Gamba. La retransmisión de un partido de baloncesto dirigió la charla a este deporte, donde Demetrio desplegó su retórica hasta el punto de que Blas estalló: "Pero qué cojones me estás contando, Demetrio, que yo sé mucho más que tú de basket y me estás haciendo callar!". No volvió a salir el tema Ricky Rubio en toda la noche.

Con media hora de retraso (los 10 minutos de siempre de Demetrio) por el colapso en el servicio de taxi de la ciudad, llegaron a la Ruta del Veleta, famoso restaurante local. El sitio en sí era demasiado recargado, con miles de jarras colgadas del techo ("con la suerte que me caracteriza, si se cae una jarra será la que está encima de mí", auguró Blas). No fue así. No obstante, tuvo que pasar un mal trago (y nunca mejor dicho) cuando él fue el encargado de (a)probar el vino; en cuanto Amoroso y Demetrio mojaron sus labios se percataron de que estaba algo frío. Hay un proverbio no escrito que dice 'La barrera que separa los snobs de la gente normal es que pueden discutir porque el vino está dos o tres grados por debajo de la temperatura recomendada'. Y así fue, tanto insistieron con el "cómo coño no le has dicho al camarero que estaba frío" que Blas se cabreó. Volcó su ira contra el camarero, que le dio la razón, pero la botella de vino no se movió de su lugar. A media cena ya se había olvidado todo. A la hora de las copas, Demetrio pidió un "Agochemuit" a lo que el camarero solo pudo responder "¿el qué?"; Demetrio, impaciente, respondió de malas maneras "Es esa botella verde de allí!". Seguramente la extraña espuma que traía el whiskey (porque el Agochemuit al parecer es un whiskey) y los 12 euracos que costó fueron la dulce venganza del camarero. Asimismo, el resto de la cuenta también fue demasiado cara para lo que habían cenado.

La vuelta a la ciudad se saldó con un nuevo extravío debido a que en lugar de dirigir al taxista a la calle Sol (que es a donde iban), Demetrio tuvo la ocurrencia de dictar una esquina próxima, no la exacta. Otros diez minutos de retraso innecesarios. Volvieron al Ruido Rosa, lugar que les había dejado un buen sabor de boca la noche anterior. Esta vez no estaba K, de hecho había menos gente que el día anterior. Con la tercera ronda acabaron las existencias de cocacola light; según confesó la camarera fashion, en ese local no estaban acostumbrados a tal demanda. Lo mismo les ocurrió en el Sugar Pop, donde nuevamente mataron la noche tras una brevísima estancia en el Peatón. Curiosamente, en dos noches de bares por Granada solo habían pinchado un tema de Lori Meyers, el otro gran grupo de la ciudad.

Al día siguiente, los mil kilómetros de vuelta fueron atroces para todos excepto para Amoroso, de buen humor y fresquísimo.



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